TMAP: Argentina, el país con mayor caída industrial en el mundo

El retroceso productivo se extiende, mientras se diluyen capacidades clave para sostener empleo y desarrollo.

La industria argentina atraviesa un deterioro que ya no puede leerse como un fenómeno pasajero. Entre 2023 y 2025, el país encabezó el ranking mundial de caída manufacturera entre 80 economías, con un retroceso acumulado de casi 8 puntos. En ese mismo período, países de la región como Chile, Perú, Uruguay y Brasil ampliaron su producción industrial, lo que expone una brecha difícil de atribuir a factores externos comunes.

Los últimos datos disponibles muestran que la actividad fabril continúa sin señales de recuperación en 2026. El uso de la capacidad instalada se mantiene en niveles bajos: en febrero alcanzó el 54,6%, por debajo del registro de un año atrás. El promedio de 2025 se ubicó en 57,9%, el más bajo en una década si se excluye el impacto excepcional de la pandemia. En términos concretos, una parte significativa del entramado productivo permanece paralizada.

El impacto también se refleja en el empleo. En dos años, el sector perdió cerca de 73 mil puestos registrados, cifra que se acerca a los 80 mil si se incorpora el inicio de 2026. La industria concentró casi la totalidad de la destrucción de empleo formal en los primeros meses del año, con despidos sostenidos en la mayoría de los períodos analizados.

El cierre de empresas acompaña esta tendencia. Más de 2.400 firmas manufactureras dejaron de operar formalmente en el último bienio, con estimaciones que elevan ese número a casi 3.000. Las actividades más afectadas incluyen rubros intensivos en mano de obra como textil, indumentaria, metalurgia y muebles, todos con fuerte dependencia del consumo interno.

Lejos de tratarse de un problema aislado, la contracción alcanza a casi todo el entramado industrial: la caída se registra en la mayoría de las ramas tanto en producción como en empleo. En contraste, los sectores que muestran mayor dinamismo son aquellos vinculados a recursos naturales o con menor necesidad de políticas de desarrollo específicas, como la refinación de petróleo o la industria química.

En paralelo, la inversión productiva no logra recuperarse. La compra de maquinaria y equipos permanece por debajo de niveles previos y crece la participación de bienes importados en detrimento de la producción nacional. Esta dinámica no solo afecta la actividad actual, sino que debilita la capacidad futura de generar tecnología y valor agregado.

El peso de la industria dentro de la economía también se reduce. En dos años, su participación cayó varios puntos, mientras que las exportaciones manufactureras de mayor complejidad registraron un fuerte descenso. Este doble fenómeno refuerza un patrón histórico: menor diversificación productiva y mayor dependencia de bienes primarios.

Especialistas advierten que el deterioro no se limita a variables de corto plazo. La pérdida de trabajadores calificados, la desarticulación de cadenas de proveedores y la obsolescencia del equipamiento configuran un escenario de difícil reversión. A diferencia de otros ciclos, el daño actual compromete capacidades acumuladas durante años.

Desde una mirada estructural, el escenario responde a una combinación conocida: atraso cambiario, apertura comercial sin herramientas de acompañamiento y retracción del mercado interno. El resultado es una aceleración del proceso de primarización, donde el crecimiento se apoya en sectores extractivos y financieros mientras la industria permanece en retroceso.

A nivel global, el contraste se acentúa. Las economías que lideran la innovación tecnológica sostienen estrategias activas de desarrollo industrial, combinando apertura con políticas específicas para fortalecer sus cadenas productivas. En ese contexto, el rezago argentino no solo implica una caída presente, sino una pérdida de posicionamiento a futuro.

La «estabilización macroeconómica» no alcanza por sí sola para revertir esta tendencia. El cierre de empresas, la dispersión del conocimiento técnico y la salida de trabajadores del sector configuran un deterioro profundo. La economía logra ordenar sus cuentas, pero al costo de debilitar su base productiva.

En ese marco, el riesgo es consolidar un modelo con menor capacidad de generar empleo calificado, divisas y crecimiento sostenido. Un costo que, aunque no figure en los balances fiscales, condiciona el desarrollo de largo plazo.

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