Nuevamente sobre la reprimarización: el superávit comercial y las dificultades de la economía argentina

En el contexto de las malas noticias económicas, se produjo un hecho que aparenta ser algo más positivo para el gobierno, vinculado a los resultados del comercio exterior. La balanza comercial, una de las piedras angulares en términos contables-financieros para un país siempre preocupado por el flujo de dólares, arrojó un superávit récord en este primer trimestre. Según información de INDEC, el resultado positivo fue de algo más de 5.500 millones de dólares, superior al valor de los primeros trimestres de 2024 y 2020. Las exportaciones alcanzaron un pico histórico de 21.853 millones de la divisa norteamericana, con unas importaciones que treparon a 16.345 millones, menos que la de los dos últimos años de Alberto Fernández, pero también de la magnitud que habían alcanzado durante 2025.Este fenómeno, sumado a la liquidación de divisas del sector agroindustrial exportador, y una menor demanda de dólares, parece echar un manto de tranquilidad sobre el precio de la divisa en plaza. No obstante, más allá de este indicador, el comportamiento del comercio exterior argentino nos muestra transformaciones de fondo que, como señalamos en estas páginas, se profundizan con la estrategia económica del gobierno actual.

Las bases del resultado comercial

El comportamiento de la balanza estuvo empujado por una serie de factores. En primer lugar, el incremento en la exportación de bienes primarios, un tercio más que en durante 2025, y de las manufacturas de origen agropecuario (MOA). Las de origen industrial (MOI) también mostraron una expansión nada despreciable del 23,6%(aún por debajo del pico histórico de 2013). El apartado de energía mantuvo un modesto incremento, aunque cabe señalar que desde 2022 expande sus ventas al exterior, ubicándose hoy en casi cuatro veces más de lo que se exportaba diez años atrás. A su vez, las importaciones se redujeron considerablemente, con excepción de bienes de consumo, vehículos y otras. Es decir, bienes finales para consumo.

En una mirada superficial, los guarismos podrían interpretarse como síntoma de recuperación, augurando quizás mejores condiciones para nuestra economía en el mediano plazo. No obstante, al evaluar con un mayor grado de desagregación, se encuentran elementos que profundizan un fenómeno que se observa desde hace años, abordado en otras ediciones, vinculado a la reprimarización de la estructura económica. Eso se evidencia escarbando un poco en la balanza: por grupo de productos, el impulso exportador estuvo dado por las tradicionales mercancías argentinas: oleaginosas, cereales, pescados, minerales metalíferos y escorias. El desempeño de las MOA se vio impelido por las exportaciones de carne; mientras que para las MOI su performance positiva se explicó por la químicapero, sobre todo, por la exportación de piedras y metales preciosos (vinculado en realidad a la extracción minera). En el resto de los rubros de esta área, no hubo grandes cambios; incluso cayeron sectores industriales relevantes como máquinas y aparatos eléctricos (-17%) y vehículos (-7,4%). El otro apartado que contribuyó al aumento de las exportaciones, como señalamos, fue el sector de combustibles y energía, actividad a la que se apuesta fuerte desde el despegue de Vaca Muerta y que incrementa su aporte, traccionado por la venta de naftas y carburantes. 

El segundo elemento que evidencia problemas en la esfera productiva se ve en el detalle de importaciones. En primer término, su descenso en realidad no es per se una buena señal. En el mundo contemporáneo, ningún país vive exclusivamente con lo propio. La Argentina, históricamente, tiene una balanza comercial donde los insumos para la producción representan 7 (o más) de cada 10 dólares importados. Tal es así que, en los momentos de mayor volumen de producción industrial, las importaciones llegan a niveles récord, lo que también explica los estrangulamientos de divisas que suelen seguir a momentos de expansión económica. Es cierto que eso es un déficit en lo referente a la posible “sustitución de importaciones”, como revisamos en ediciones previas. Pero la situación opuesta, la caída brusca de esas compras, también es síntoma de una dificultad, porque expresa un momento recesivo. En ese marco, las importaciones del primer trimestre cayeron un 7,3% interanual. Aunque no están en un piso histórico, lo relevante del número es la disminución en las mercancías vinculados a la producción (bienes de capital, sus repuestos y piezas, bienes intermedios), 12% menos que durante 2025. O sea, se compran menos insumos para producir en el país y más bienes terminados.

Camino tortuoso

A pesar de que apenas es el primer trimestre, a nivel coyuntural el resultado puede sonar como una buena nueva, implicando menor presión sobre el dólar. No obstante, observando la información más allá de lo inmediato, nos advierte sobre un fenómeno a atender. El avance hacia un modelo minero-agro-exportador, con el progresivo desmonte de toda otra estructura productiva. Es cierto que la misma es una estructura ineficiente y consumidora neta de divisas, pero desarmarla es tirar al bebé con el agua sucia, condenando a la miseria al grueso de la población que vive de esas actividades. Es hora de intentar otros caminos diferentes, de erigir una dinámica productiva que, desde un Estado planificador, presente un camino alternativo a estas dos vías sin salida, privilegiando de esta manera el desarrollo en actividades de alto contenido tecnológico, con creciente inserción en el mercado internacional. Solo así podrían evitarse las trayectorias que nos llevan, por una u otra vía, a una mayor decadencia.