Viajar en tren en el Área Metropolitana de Buenos Aires dejó de ser una rutina previsible para convertirse en una experiencia marcada por la incertidumbre. Reducción de frecuencias, fallas técnicas y servicios cancelados forman parte de un escenario que golpea a más de un millón de pasajeros diarios y refleja el deterioro sostenido del sistema ferroviario.
En estaciones colmadas y vagones saturados, las quejas se repiten. “Se viaja como vaca, es agotador”, describieron usuarios a Página 12 que, en horas pico, deben empujar para subir a formaciones que circulan con menor regularidad que años atrás. La postal se repite en distintas líneas, con andenes desbordados y trenes que no logran absorber la demanda.
El retroceso no responde a un único factor. Desde la llegada del gobierno de Javier Milei, el recorte en el gasto público alcanzó de lleno al sector ferroviario. En 2024, la inversión en infraestructura cayó a niveles mínimos, con una fuerte reducción en el presupuesto destinado a mantenimiento y obras. Dos años después, el impacto resulta visible: menos formaciones en circulación, servicios de larga distancia suspendidos y trabajos de modernización paralizados o con avances mínimos.
A esto se suma el ajuste en la estructura del sistema. El cierre de áreas vinculadas al capital humano, la intención de privatizar el transporte de cargas y la reducción de personal —que incluyó despidos y retiros— repercuten directamente en la operación diaria. En algunos casos, incluso, la cancelación de servicios responde a la falta de maquinistas disponibles.
Especialistas advierten que la ausencia de un plan integral agrava el panorama. Federico Conditi, experto en transporte, señala que las medidas actuales se limitan a sostener el funcionamiento básico sin proyectar mejoras a largo plazo. Según su análisis, sin una estrategia clara y sin inversión sostenida, el sistema podría enfrentar un deterioro aún mayor en los próximos años.
Los datos reflejan esa tendencia. Desde 2023, la cantidad de trenes en funcionamiento cayó alrededor de un 20%, lo que derivó en menos frecuencias y mayor saturación en horas pico. Paradójicamente, la cantidad de pasajeros pagos también disminuyó, en parte por la pérdida de calidad del servicio y el corrimiento hacia otros medios de transporte.
En paralelo, las demoras se volvieron más frecuentes. El mal estado de vías y formaciones obliga a reducir la velocidad de circulación, mientras que los desperfectos técnicos generan interrupciones constantes. A esto se suma el desgaste del material rodante, que muchas veces se mantiene en funcionamiento mediante la reutilización de piezas ante la falta de repuestos.
El impacto también alcanza a los servicios de larga distancia. En los últimos años se cerraron múltiples ramales que conectaban la Ciudad de Buenos Aires con provincias como Córdoba, Mendoza o Tucumán. Otros recorridos continúan activos, pero con tiempos de viaje extendidos y menor confiabilidad, lo que desalienta a los usuarios.
Los trabajadores del sector también enfrentan un escenario complejo. La pérdida de poder adquisitivo y la reducción de personal incrementan la carga laboral y generan preocupación por la seguridad operativa. “Los compañeros no llegan a fin de mes, tienen que buscar otro trabajo para complementar sus ingresos o renuncian por un sueldo mejor”, advierten desde el ámbito sindical.
En este contexto, crece la preocupación por el futuro del sistema ferroviario. La combinación de menor inversión, caída del servicio y cambios estructurales abre interrogantes sobre la sostenibilidad del modelo actual y el impacto que tendrá en millones de usuarios que dependen del tren como medio de transporte cotidiano.
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