Del liberal-desarrollismo al liberalismo a secas: la política económica argentina, de Videla a Milei

Por Damián Bil.-

En las próximas semanas, se cumplen cincuenta años del infame golpe militar de marzo de 1976, que inauguró el autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional. El período generó un sinnúmero de discusiones en torno a las políticas ejecutadas, la represión interna, la guerra de Malvinas, entre otros que siempre están presentes bajo diferentes formas. Uno de ellos, sin dudas, es el debate económico. Hoy, en particular, focalizado en las similitudes y diferencias de las actuales medidas del gobierno comparadas con la situación bajo Martínez de Hoz y compañía. Si bien la última dictadura militar terminó en una crisis económica que, junto al desastre de la guerra de Malvinas en 1982 y otros elementos, forzó su salida al año siguiente, algunos analistas señalan que la dinámica actual lleva a condiciones aún peores que las de aquel tiempo y las de la denominada Convertibilidad.

Martínez de Hoz… ¿desarrollista?

En la literatura dominante, la dictadura ejecutó un plan de destrucción industrial que condujo a la primacía de las actividades financieras. Para algunos, se trató de la revancha de un nuevo bloque hegemónico, que mediante el golpe abortó el proceso de industrialización sustitutiva, que se encontraría en ascenso y podría haber permitido la superación de problemas históricos. Entre los resultados, habría provocado un proceso de desindustrialización, que aún no terminaría. Este fenómeno se verificaría en la caída del producto industrial, la simplificación del entramado productivo y la reprimarización, la reducción del empleo, el quiebre de empresas, la caída del consumo interno, el incremento de la concentración de capital y el pasaje a un esquema dominado por la ganancia financiera.

Más allá de las críticas a este concepto en términos teóricos y empíricos, se constata en ese entonces una reducción en el número de establecimientos y en el empleo industrial. Situación que, en la superficie, se repite hoy, con el cierre o salida de empresas del más variado tamaño y la disminución del empleo productivo. Este escenario habilitaría a colocar a Martínez de Hoz, e incluso a predecesores que planteaban similares políticas en determinados aspectos claves como Krieger Vasena, en la misma línea que el gobierno libertario actual, dentro de lo que se denomina “neoliberalismo”, ese concepto que cobró popularidad hacia finales de la década de 1970. No obstante, Martínez de Hoz representa una alianza política poco estudiada, que podría denominarse como liberal-desarrollista, liderada por grandes capitales que operaban en el país (industriales, financieros, agrarios). Lo más granado de la burguesía nacional; la realmente existente, no la que desearían los intelectuales nacionalistas que sueñan con el empresario progre. Una alianza amplia, que incluía a las firmas productivas más importantes del país en ese entonces. Ese núcleo es el que impulsó medidas de ajuste liberal, a saber: reducción del gasto público, quita de aranceles para determinadas actividades, apertura importadora durante los primeros años del “Proceso”, congelamiento salarial, entre otras. También, una reforma financiera que implicó el fin de la etapa de las tasas reales negativas, que fungían como subsidio al mercado interno. Las pequeñas y medianas empresas, y los que producían sustitutos de importados para el mercado interno, sufrieron las medidas. No obstante, hubo ciertos sectores que nunca se desprotegieron (automotriz, insumos básicos como productos siderúrgicos y petroquímicos, entre otros). Asimismo, se sancionaron regímenes industriales provinciales, como el de La Rioja (en los meses finales de la dictadura se crearían el de San Luis y Catamarca), y se mantuvo el de Tierra del Fuego, propiciando la instalación de firmas de electrónica y bienes del hogar. Se promovió el desarrollo privado en el sector petrolero, incluso construyendo mediante la privatización periférica de YPF (la cesión de distintas áreas y servicios al capital privado) una burguesía nacional petrolera que continúa en operación. La dictadura mantuvo en manos estatales empresas como YPF, SOMISA, Petroquímica General Mosconi, las de servicios públicos, como forma de apuntalar la acumulación de capital de los grandes capitales. Esto le valió las críticas de los “verdaderos” liberales, como el propio Álvaro Alsogaray, por el excesivo estatismo.

Milei, un paso más a la reprimarización

La dictadura terminó en un descalabro económico, al igual que la Convertibilidad, o que el experimento del macrismo. Corolario del capitalismo argentino. Aun así, Martínez de Hoz en su prédica liberal tenía cierta conciencia desarrollista: un conjunto de renglones debía ser resguardado, al menos para que acumularan industriales locales, a costa del ajuste sobre la población trabajadora. No se podía abrir la economía sin más. Era, en ese sentido, un liberal-desarrollista: liberal para los capitales más pequeños, desarrollista para los grandes, que continuaban con su mercado protegido. Así, se aceleró la concentración y centralización de capital y se garantizó un espacio para destacadas fracciones de la burguesía local. Pero ahora, el elemento desarrollista desaparece. No se trata de resguardar el mercado interno para los industriales (de ahí el enojo de popes como Rocca o Madanes), sino que se avanza en una amplia liberalización, acelerando la reprimarización (por déficits propios y por la penetración regional de manufacturas con más competitividad, como las asiáticas). Como señalan analistas no precisamente de izquierda (como Miguel Kiguel o Federico Poli), el proceso actual puede ser aún más doloroso que el de la Convertibilidad. En este panorama, los únicos con condiciones de subsistir son los que tienen una competitividad inmediata, como el campo o la explotación de hidrocarburos. No es responsabilidad exclusiva del elenco gobernante. Es el resultado del agotamiento de la clase empresaria argentina, que no tiene más que ofrecer que esta penosa realidad camino a Belindia. Para revertir esta decadencia, es necesario superarla. Reorganizar la economía nacional bajo otras bases, con un Estado socialista que, mediante la asignación racional de recursos, apueste a generar estructuras en renglones productivos clave, que permitan la multiplicación de riqueza y la elevación de las condiciones de vida de nuestra población. 

* Por Damián Bil (investigador del CEICS).

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