Por Eduardo Sartelli*
Si hubiera que evaluar hoy la situación por la que atraviesa el gobierno, tendríamos que pensar en una telaraña tridimensional en la que operan fuerzas que tienden a desgarrarla, junto con otras que parecieran asegurarle solidez. Empecemos por el final.
El dólar está planchado. Es sabido que una de las tantas “anclas” con las que el gobierno supone que controla los precios es el tipo de cambio. Es un elemento que otorga una novedosa solidez al plan, porque esta vez no fue necesario intervenir en el mercado de divisas a costa de las reservas o mediante mecanismos excepcionales, como el blanqueo. Por el contrario, en la actualidad el dólar tiende a la baja como resultado de la caída de las importaciones de bienes de capital y por el ingreso masivo resultado del endeudamiento provincial y privado. Estos mecanismos, que pueden ser vistos también como “artificiales”, serán reforzados por los ingresos inminentes de la nueva (y voluminosa) cosecha y por el incremento de los precios del petróleo. De modo que, hasta mayo y tal vez junio, en este plano el gobierno no tiene mucho de qué preocuparse. La excelente performance que viene mostrando Vaca Muerta, por otro lado, puede darle una grata sorpresa con la eliminación de la estacionalidad en el ingreso de divisas, es decir, con la provisión de moneda americana aún después de acabada la rendición de la cosecha. Es esto, y a la supuesta promesa incluida en el RIGI y su millonada de inversiones “al caer”, lo que el gobierno grafica como “salir dólares de las orejas”. Si estas fuerzas se mueven como se espera, la idea de una caída más o menos sustantiva de la inflación para fin de año podría adquirir cierta verosimilitud, al mismo tiempo que se monetiza la economía con dólares en lugar de pesos. Entonces, la cifra de crecimiento de marzo, que viene mejor que enero y febrero, y la compra de divisas del BCRA en ascenso, podrían indicar que entramos en un nuevo ciclo apalancado en un comportamiento económico más parecido a lo que el gobierno desea, es decir, sostenido por las exportaciones y no por el consumo del mercado interno.
El problema con estas líneas de fuerza aparentemente favorables es que provocan consecuencias “no deseadas” (o tal vez sí) que generan otras más bien destructivas de la tensa calma en la que estamos desde diciembre. Y lo hacen tanto dentro del marco de la economía como, y podría decirse, sobre todo, más allá del Excell. Dentro de la economía: el cisne negro que resultó el mismo Trump que lo había salvado en octubre del año pasado, impulsó más arriba una inflación que ya venía en alza desde mayo de 2025; la subida de precios del petróleo se suma a la de los insumos agrícolas y al dólar subvaluado para achicar el margen de ganancia de los exportadores agropecuarios; algo parecido sucede con el gas importado, que va a reducir el margen de ingresos extras que significa un barril a 100 U$S; el transporte se encuentra en crisis con un gasoil caro y un boleto fijo; el dólar en baja con una inflación en alza junto con la importación en ascenso de bienes de uso tienen un efecto arrasador sobre el mercado interno; el estancamiento de la economía no ligada a los sectores estrella del “modelo” Milei, está detrás del tobogán en el que se ha metido desde hace rato la recaudación. Todos estos elementos tienden a desgarrar la tela, pero, sobre todo porque ponen en primer plano un factor hasta ahora ausente: la lucha social. Aunque todavía no adquiere volumen, la protesta parece despertar y poner en jaque el tenue equilibrio en el que se ha sostenido el gobierno. Más que su accionar, lo que está asomando por estas horas es la evidencia de un cambio de humor que preanuncia el fin de los días felices libertarios.
En efecto, Milei se encuentra hoy en un lugar inesperado: habiendo sorteado la crisis de setiembre del año pasado con un éxito electoral relativo (porque en realidad, perdió cinco millones de votos), se imaginaba ya camino al trono imperial con el que sueñan sus acólitos más disparatados. Por eso lo habíamos caracterizado, en estas páginas, como un rey desnudo en el desierto, porque en frente suyo no había nadie a pesar de que ya se veía que todos sus atavíos reales no eran más que fruto de la ilusión colectiva. Por el contrario, cinco meses después las encuestas le muestran lo que parece ser un cambio de tendencia profundo en el que hasta Myriam Bregman asoma en el horizonte político como un fenómeno a prestar atención. Que quizás es menos preocupante para él que la notoria importancia que adquiere la candidatura de Kicillof y hasta la reconstrucción de la imagen de la señora que duerme con tobillera y que parece constituirse en un polo para peronistas “no alineados”. Hoy por hoy, si hubiera segunda vuelta, Milei pierde la reelección contra cualquier candidato surgido del peronismo que logre un mínimo de consenso a su alrededor. Porque lo más importante no es que el presidente se encuentre cada vez peor vis a vis otros candidatos, sino que la corriente de opinión que lo sostuvo y que hemos denominado “consenso liberal”, evidentemente es víctima de un eclipse que no parece ser pasajero. Un eclipse que puede tornarse definitivo si, tratando de evitar una disparada de la inflación, continúa por la senda en la que viene. Peor aún si pierde el único apoyo sólido que le queda: un Donald Trump, que no para de perder elecciones, de caer en cualquier encuesta que se mire y que camina hacia un octubre que más que rengo puede dejarlo paralítico. A todo esto, Adorni, Libra, ANDIS y su 3% simplemente agregan fuego a la hoguera.
Este es el punto en el que, entonces, Milei choca con los resultados de su gobierno: no hay pizza. Como ilustra el famoso meme del abogado de Los Simpson que se ve obligado a reconocer que lo que había prometido era falso mostrando una caja vacía, el émulo argentino del chanta de Lionel Hutz llegará a 2027 confesando que todo resultó ser una farsa.
*Por Eduardo Sartelli, Dr. de la Universidad de Buenos Aires con mención en Historia, docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de La Plata. Especialista en historia agraria argentina. Director del CEICS – Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales. Titular de la Cátedra Historia argentina III B de la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras -UBA-.
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