Cuando el futuro nos alcance: el triunfo del modelo liberal y el futuro de la Argentina

Por Eduardo Sartelli*

Las últimas cifras sobre las tendencias actuales de la vida económica y social argentinas puestas sobre la mesa por el INDEC y otras fuentes oficiales, muestran un cuadro confuso sobre el que se baten oficialistas y opositores, tratando de acomodarlas cada uno a su relato. La economía “crece”, pero la desocupación aumenta. El dólar cae, pero la inflación sube, incluso cuando la apertura importadora baja abruptamente los precios de los bienes que soportan la competencia abierta. El consumo privado está en su mejor nivel, pero el consumo popular se desploma. El clima de negocios no podría ser mejor, gracias a la labor del inefable Sturzenegger, pero no hay inversiones extranjeras amontonándose en las puertas de la Aduana. ¿Vamos bien o vamos mal? ¿O, en realidad, el problema es entender hacia dónde vamos?

Empecemos por el crecimiento del PBI. Según el INDEC, el pbi creció, el año pasado, un 4,4%. Se trataría de un éxito si no fuera por unos cuantos “peros”:

  • 1. Hasta ahora, el fenómeno no supera la etapa del “rebote del gato muerto”.
  • 2. Si restamos lo que cayó en 2024 (1,8%), estamos apenas un 2,6% por encima del inicio de la crisis.
  • 3. El gran impulsor del 4,4% es el sector financiero, el que más creció (24,7%). Tiene que ver con una expansión del crédito (que ya desapareció) y con las actividades especulativas propias de una economía en problemas: el grueso del crédito se canalizó a la compra de bienes importados y a refinanciar deudas, más que a la inversión productiva. Pero, por sobre todas las cosas, la dolarización pre-electoral, una actividad que retira riqueza de la producción, explica buena parte del crecimiento de la “intermediación financiera” del año pasado. De modo que a ese 2,6 hay que sacarle casi 1%. El resultado del bienio es, entonces, apenas 1,6.
  • 4. Esa cifra se torna irrelevante cuando recordamos que estamos comparando con una economía atacada por una pandemia y por una cosecha desastrosa. Y eso, a pesar del despegue de Vaca Muerta, la expansión de la minería, muy buenas cosechas y exportaciones ganaderas récord, “logros” que no tienen su origen en política alguna del gobierno actual.
  • 5. Frente a la expansión de actividades primarias, el comercio, la industria manufacturera y la construcción resultan un absoluto desastre.
  • 6. Observando la tendencia, el último trimestre del 2025 la economía creció apenas 0,6% y hoy está virtualmente estancada. Por eso se habla de “estanflación”.
  • 7. El pbi, según el gobierno, habría llegado a su techo histórico, es decir, al punto más alto alcanzado en 2022. En realidad, medido en pbi per cápita, el techo histórico se alcanzó en 2011 y estamos muy lejos de eso, tanto como un 10%, aproximadamente.

Veamos ahora el empleo. El crecimiento de sectores que no demandan empleo y la caída de los que más trabajadores requieren, explica que, a pesar del efecto “colchón” sobre el índice de desocupación que producen las “apps”, la tasa haya trepado desde el 5,6 al 7,5% en el mismo bienio. La pérdida de empleos se da incluso en los sectores que “crecen”: el mundo petrolero expulsó a 2.500 trabajadores.

La “calma” cambiaria. Efectivamente, el dólar se mantiene quieto y en un piso bajo. Pero eso expresa la crisis industrial y un potencial explosivo en relación a la deuda pública y privada: cae la demanda de dólares para insumos productivos industriales y aparece, al lado de las divisas que provee el aumento de las exportaciones de energía y agro, una fuente extra de dólares como consecuencia del endeudamiento de provincias y empresas, por un monto de casi 11.000 millones de dólares. La Argentina tiene, entonces, una especie de enfermedad holandesa “estacional”, que amplifica la crisis industrial y la expansión del desempleo. Aun así, no crecen las reservas, a pesar de las compras por el gobierno. Peor: luego de una pausa en noviembre de 2025, los argentinos siguen engordando el “colchón”, es decir, atesorando en lugar de invertir. Para colmo, el estancamiento, el abaratamiento de los bienes transables (aquellos que compiten con los importados), la caída del dólar y la reducción salarial y de ingresos en general no hacen bajar la inflación. Entonces, ¿vamos mal o vamos bien? Depende.

Este cuadro confuso se aclara cuando dejamos la foto y vemos la película. Lo que estamos viendo es el pasaje de una Argentina estructuralmente compleja, a otra, simplificada al extremo. De una sociedad que supo tener un denso tramado industrial, a otra que combinará unas pocas actividades económicas relevantes, con un pantano social de “servicios”. La clave del proceso es la sobrevaluación del peso. Desde el punto de vista del gobierno, el “súper peso” es el lampazo con el que se pretende eliminar la “basura” de la economía argentina. Solo se trata de mantenerse firme mientras se atraviesa el desfiladero y arribamos a Belindia: una parte de la población viviendo como en Bélgica y la masa, como en la India. O Perú, si quieren, que es Belindia hecha realidad. Ese país puede ser macroeconómicamente estable, sí, pero socialmente será invivible.

Todos los liberales coinciden en este futuro deseable. Lo único que diferencia al gobierno de los críticos “prudentes”, es el temor al estallido social. Por eso llaman a morigerar el ritmo, sin pensar que el problema no es la velocidad, sino el destino. En una Nueva York distópica, empobrecida y hambrienta, la población es mantenida con un alimento supuestamente hecho de algas, de color verde, el “Soylent Green”. Un detective astuto, protagonizado por Charlton Heston, descubre la oscura verdad: está hecho de seres humanos. Cuando el destino nos alcance, el título que se le puso en castellano, es decir, cuando hayamos atravesado el desfiladero, descubriremos que la “nueva Argentina” es el resultado de una increíble y horrenda autofagia social. Será tarde. Las cifras que examinamos, en su aparente confusión, iluminan con claridad el camino.

*Por Eduardo Sartelli (director CEICS y militante de Vía Socialista).

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