Por Damián Bil*
La caída del consumo, el cierre de firmas y las dificultades de la industria manufacturera (con el resonante caso de Fate aún fresco en la opinión pública), entre otros elementos, traen de nuevo a la palestra conceptualizaciones y debates que se inauguraron con el infame golpe militar de 1976. Específicamente, la cuestión de la desindustrialización. Esta caracterización, que tomó fuerza entre finales de los ’80 y durante los ’90, señala en resumidas cuentas que el golpe militar clausuró un patrón de desarrollo basado en la industria manufacturera y en la alianza que supuestamente lo sustentaba (liderada por los empresarios nacionales y acompañada por los “sectores populares”) para dar paso a un esquema apoyado en las finanzas y en el capital extranjero y nacional más concentrado. Esto habría provocado una agresión a la manufactura e inaugurado unproceso expresado en el quiebre de empresas, caída del PBI y del empleo industrial.
Esta categoría, tal como fue usada por la corriente intelectual que la impulsó, puede ser criticable, ya que no observa el fenómeno a nivel global (la relocalización de ramas enteras de la producción luego de las transformaciones de los procesos productivos ocurridas en los años ’70, que implicó la mudanza de muchas actividades a otras latitudes, como Asia), ni el proceso de incremento de la productividad en determinados renglones (producto de la concentración de capital y del aumento de la intensidad laboral por la mayor disciplina fabril y política en general sobre los trabajadores) que redundó en la baja de la nómina laboral en varios sectores manufactureros. No obstante, efectivamente el término sugiere la existencia de un fenómeno que, al menos superficialmente, está atravesando a la sociedad argentina. Eso nos lleva a preguntarnos qué es lo que está ocurriendo de fondo en la estructura económica nacional en las últimas décadas.
Una economía de servicios
El proceso reseñado estaría acompañado de la reprimarización, expresado en la reducción de la industria manufacturera en el producto bruto, desplazada por las actividades primarias. Aunque estrictamente la economía argentina, en términos internacionales, siempre se basó en una dinámica agroexportadora, históricamente el país logró montar una industria nada despreciable. Ese sector manufacturero alcanzó a representar casi un tercio del producto bruto interno por actividad en los primeros años de la década de 1970, e incluso hasta 1977, momento en que empezó a perder terreno.
Las actividades líderes se ubicaban en la fabricación de productos metálicos, maquinaria y equipos; química (con gran peso de refinación de petróleo) y alimentos y bebidas. Incluso a nivel de empleo, estos sectores tenían un peso no despreciable: entre los tres, reunían la mitad de la ocupación manufacturera y un 13% del total. No obstante, hacia la década de 1980 y 1990, los indicadores de la industria comienzan a mostrar una retracción en términos relativos. Desde ese entonces, la proporción de la manufactura en el producto bruto descendió al 21% promedio. Pero este descenso no es ocupado por las actividades primarias (agricultura, ganadería, pesca, etc.), que siguen en torno al 9%, sino por los diferentes ítems correspondientes a “servicios”, que se ubicaron en torno al 58%. A nivel de ocupación, ocurre algo similar: del 26% del empleo total que representaba la industria manufacturera en 1950-1973, se pasó a un 23% en el período 1996-2001. Luego de la crisis de 2001-02 y hastala actualidad, el promedio pasó a ser de 19%. Por su parte, servicios, que en la mayor parte de sus subdivisiones tiene empleos con bajos salarios, pasó de ocupar un 45% promedio (1950-73), a 62% a finales de los ’90 y prácticamente dos tercios del registrado desde la crisis de 2001-02.
Reprimarización
Es innegable que la estructura argentina sufre transformaciones desde hace décadas, más allá del gobierno actual. Aunque cabe aclarar que este recorrido no es exclusivo de la Argentina. La expansión del sector “servicios” sobre otros rubros es un fenómeno global, quizás con excepciones parciales en las nuevas potencias manufactureras de Asia. Por otro lado, dentro de la etiqueta de “servicios”, aparecen muchas actividades que podrían considerarse manufacturas, en tanto y en cuanto son labores productivas donde se genera plusvalor (transporte, gastronomía, servicios informáticos y otras). La pregunta es si la apuesta a estos renglones tiene el mismo valor estructurante que la vieja industria tradicional. Si el renglón considerado industrial de los servicios son las apps (de transporte o delivery), estamos en un problema. Esa actividad no puede edificar toda una economía, en tanto y en cuanto no produce bienes exportables, indispensables para sostener un desarrollo económico (lo que implica cierta sostenibilidad de la balanza de pagos, ingresos de divisas para importaciones claves, entre otros elementos).
De hecho, relativamente pocos “servicios” los producen, y difícilmente en la escala que permitiría soportar una población de la magnitud de la argentina con condiciones de vida por lo menos aceptables. La loa al empleo en este tipo de rubros, desde las tribunas libertarias pero también en buena medida desde los apologistas de la denominada “economía popular”, esconde que, en esencia, el país pierde capacidad de producción de valor estructurante. Ello va de la mano con el sueño del gobierno libertario: terminar el recorrido hacia un país primario, con el agro-minería-energía como estructurantes, un pequeño polo de buenos empleos; y el grueso de la población ocupada en los denominados servicios, de bajos salarios. Es decir, un país a lo Belindia, con la miseria social como escenario cotidiano. Todavía estamos a tiempo de impedirlo; pero para eso hace falta elaborar otro programa.
*Por Damián Bil (investigador del CEICS y militante de Vía Socialista).-
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