Por Fabián Harari*
“Se ha formado una pareja”, decía Roberto Galán. Donald y Delcy, lo que es decir Donald y el chavismo. El pueblo venezolano mira absorto cómo los que hasta ayer se prometían plomo y fuego hoy comparten lecho matrimonial. Y ya saben quién paga la boda…El bombardeo, la destrucción y la muerte de civiles, a mano de Trump, no trajo más libertad ni mejoró la situación de la población. Todo ese festejo de los emigrados mientras sus conciudadanos veían caer bombas puede llegar a entenderse solo como un acto desesperado. Pero fue inútil. Hoy, Venezuela está peor: la gobierna la misma gente, la represión se ha endurecido y la pobreza va a aumentar.
A esta altura, queda claro que todo se ha hecho con la complicidad del chavismo. No hubo defensas antiaéreas, no se disparó un solo misil y hubo una increíble facilidad para ubicar a Maduro en tiempo récord. El régimen no mostró al mundo la destrucción, no dio a conocer el número de víctimas ni sus nombres. Al otro día, la nueva mandataria, salida del riñón chavista, declara su voluntad de cooperar con quien bombardeó su país. Y no se trata de retórica, ya comprometieron entre 30 y 50 millones de barriles. Claro que hay algunos sectores más cómplices que otros, pero por el momento nadie saca los pies del plato.
La pregunta que ronda en el aire es por qué la población venezolana no salió en masa a enfrentar la invasión, como salió en 2002 frente al golpe de Estado. La respuesta es muy sencilla: porque el chavismo ya venía destruyendo el país. Con salarios de 5 dólares mensuales de promedio, las tasas más altas de pobreza e indigencia de Sudamérica y el exilio más importante de la historia del hemisferio (8 millones de personas, un tercio de la población), Maduro y su gente estaban emprendiendo una verdadera guerra a sus habitantes. Representaban, además, una de las dictaduras más sangrientas de la historia de este continente, con un mínimo de 15.000 asesinados, alrededor de 1.000 presos políticos y 12 centros clandestinos de detención y tortura. Una dictadura claramente de derecha: los partidos pro norteamericanos pudieron tener vida política. En cambio, se proscribió a todos los partidos de izquierda. Por ejemplo, en 2024, Edmundo González Urrutia se pudo presentar como candidato. En cambio, Enrique Márquez, candidato de centroizquierda, Enrique Márquez, fue secuestrado y hasta ahora permanece detenido, sin que se sepa cuál es su estado. El Partido Comunista fue intervenido y todos los partidos de izquierda fueron prohibidos. La dictadura chavista tiene al menos 200 dirigentes sindicales presos, sin cargos ni condena y cuyo paradero se desconoce. Queda claro que, lejos de algo llamado “socialismo”, la Venezuela de Maduro era (y sigue siendo) el paraíso para gente como Milei. Pedir por la vuelta de Maduro es como pedir la vuelta de Videla o Pinochet.
El país avanzaba hacia su disolución. A la extrema pauperización y expulsión de su población habría que agregar la entrega de espacios enteros a bandas criminales para garantizar la seguridad y barrios enteros patrullados por los “colectivos” (bandas paraestatales). Las fuerzas armadas están fragmentadas y su oficialidad mayor tiene loteada a las empresas estatales, de las cuales vive. En Venezuela, ni siquiera hay libre circulación de personas y mercancías, ya que entre las bandas y las fracciones de las fuerzas estatales se levantaron “alcabalas” que cierran el paso de las rutas y exigen “impuestos” arbitrarios. ¿Qué quiere decir eso? Que el hecho nacional, un espacio donde se desarrollan determinadas relaciones sociales, está desintegrándose. Es decir, que Venezuela, estaba desapareciendo. O, mejor dicho, la estaban haciendo desaparecer.
A diferencia de otras incursiones, aquí los EE.UU. decidieron preservar el aparato político y emprender las reformas no solo con él, sino a través de él, con la idea de evitar el colapso total y la anomia que se vivió en Irak, Siria, Libia, Afganistán y siguen las firmas… ¿Cuáles son las reformas? En términos económicos, revertir parcial o totalmente el proceso de nacionalización que empezó Carlos Andrés Pérez -y continuó Chávez-, en favor de las empresas norteamericanas, y minimizar la presencia económica china. En términos políticos, acabar con la presencia militar y política de China y Rusia, para convertir a Venezuela en su aliado geopolítico, con el control total del Mar Caribe y avanzar hacia el canal de Panamá. Es la primera vez que EEUU decide intervenir directamente, con la fuerza militar, contra un aliado directo de China. ¿Pudo haber algún pacto que involucre a Rusia? No debería descartarse, pero los EE.UU. acaban de confiscar un barco ruso. Si hubo o no acuerdo, no es relevante ahora. Son pactos circunstanciales, no duraderos. Los intereses están enfrentados y China no se va a quedar de brazos cruzados.
Lo que está haciendo Trump con Venezuela es una vuelta al colonialismo anterior al siglo XX, por el cual las metrópolis obligaban a sus colonias entregarles materias primas y a consumir manufacturas, no por el peso de la productividad, sino por la fuerza. Por razones de espacio, no podemos desarrollar más, pero quedan una serie de interrogantes. Primero, cómo van a reaccionar China y Rusia ante la orden de Trump de que retiren su personal militar y político, y cómo van a reaccionar los sectores como Cabello, ligados a esa estructura. Segundo, si China va a utilizar este hecho para avanzar sobre Taiwán, de forma tal de subir la apuesta. Tercero, si EE.UU. avanza sobre el petróleo venezolano, ¿cómo se va a financiar el Estado? Cuarto, ¿cómo se va a procesar la crisis interna en los EE.UU.?
Queda un quinto interrogante, el más importante. Tanto Trump como el chavismo están empeñados en atacar a la población venezolana. La pregunta es si los propios trabajadores venezolanos serán capaces de organizarse, enfrentar a la dictadura (ahora títere de los yanquis) y tomar las riendas de su destino.
*Por Fabián Harari (investigador CEICS y miembro de Vía Socialista).
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