Por Candelaria Rueda y Violeta Carrera Pereyra*
Los datos de empleo que publicó esta semana el INDEC dejan una foto que puede resultar desconcertante: aunque en el primer trimestre de 2026 se perdieron 47 empresas por día (lo venimos relevando y comunicando desde el Instituto Argentina Grande), la tasa de desempleo apenas se movió. Quedó en 7,8%: algo más de dos puntos por encima de la que heredó el gobierno de Milei, pero casi idéntica a la de hace un año.
¿Por qué, si cierran empresas todos los días, el desempleo no sube? Lo primero que conviene aclarar es que, para ser considerado «ocupado», alcanza con haber trabajado una sola hora en la semana previa en cualquier tarea remunerada. Así, si me despidieron de una fábrica y mientras busco trabajo cuidé un par de horas al hijo de mi vecina, para el INDEC estoy ocupada. Y si entre currículum y currículum revendo mercadería por plataformas para sumar algo de plata, también.
Ahí empiezan los matices que aparecen en el documento oficial. El más relevante: la informalidad laboral trepó 2,2 puntos porcentuales en un año y llegó al 44,2% de los ocupados. El número viene escalando de forma acelerada desde que asumió este gobierno, y cuesta naturalizar que casi la mitad de quienes trabajan lo hagan en la informalidad total: ni están registrados, ni facturan.
Las consecuencias son concretas y encadenadas. Cae la recaudación del sistema provisional y se vuelve cada vez más improbable que mejoren la actualización de las jubilaciones. Se reduce la cobertura de obras sociales para las familias, lo que recarga al sistema de salud público. Y la lista sigue. La formalidad no se juega solo en si una persona cobra o no el aguinaldo: una suba acelerada de la informalidad erosiona todo un sistema de sostén de la población.
Para dimensionarlo con una vara regional: en Uruguay y Chile la informalidad se ubica entre el 22% y el 26%, mientras que en Perú -citado más de una vez por este gobierno como modelo económico- alcanza al 70% de quienes trabajan.
Desde el Instituto Argentina Grande sostenemos que para comprender el malestar actual del mercado laboral no hay que buscar en la tasa de desempleo, sino en esta pérdida sistemática de calidad y protección de las ocupaciones. Por eso, desde 2024 publicamos un indicador trimestral que mide el trabajo desprotegido en el ámbito privado: a partir de los microdatos del INDEC, combinamos no solo informalidad, sino también estabilidad, capital invertido, rama de actividad y profesionalización. Hoy ese indicador marca que el 44,9% de los ocupados está en situación de desprotección, frente a un 39,3% del sector privado que sí está protegido; el 15,8% restante trabaja en algún nivel del sector público.
El dato confirma lo que veníamos advirtiendo: el problema es estructural y tampoco se reduce a registrar o lograr que los cuentapropistas facturen. El deterioro del mercado de trabajo está asociado a la caída de los ingresos disponibles, a la destrucción de sectores con capacidad de generar empleo de calidad a gran escala como la industria y al repliegue del Estado como actor capaz de sostener y promover empleos protegidos.
En un contexto marcado por el crecimiento acelerado del endeudamiento de los hogares y el aumento de la morosidad, revertir esta tendencia se vuelve una tarea urgente. Para ello se requiere una estrategia de largo plazo que vuelva a poner al trabajo de calidad en el centro de la agenda de desarrollo, como condición para construir una Argentina más integrada y con mayores niveles de bienestar.
*Por Candelaria Rueda y Violeta Carrera Pereyra, investigadoras del área de Trabajo del Instituto Argentina Grande (IAG).
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