Desde hace más de un siglo, Buenos Aires tiene un problema que nunca terminó de resolver: dónde empieza y dónde termina la ciudad. La pregunta parece técnica, casi cartográfica, pero no lo es. Definir los límites de una aglomeración urbana implica decidir quién la gobierna, quién paga sus obras, cómo se organizan sus servicios, dónde se planifica la vivienda, cómo circulan sus trabajadores y qué respuesta se da a problemas sumamente diversos.
La ciudad de Buenos Aires creció durante décadas a un ritmo acelerado. Primero consolidó su centro histórico, luego incorporó barrios y pueblos cercanos, y más tarde desbordó por completo sus límites jurisdiccionales. La mancha urbana saltó la frontera de la Capital Federal y avanzó sobre los partidos bonaerenses. Lo hizo primero hacia el sur, siguiendo el eje del Riachuelo, en localidades como Avellaneda, Lomas de Zamora y Quilmes. Más tarde se expandió hacia el oeste y el norte, apoyada en ferrocarriles, caminos, nuevas infraestructuras y la ampliación del mercado de trabajo.
Ese crecimiento abrió, desde temprano, un debate entre urbanistas, arquitectos, técnicos, geógrafos y políticos. En las décadas de 1920 y 1930, cuando la expansión ya era inocultable, comenzó a hablarse de conurbación, Gran Buenos Aires, aglomeración bonaerense, ciudad real y ciudad jurídica. Detrás de esas palabras había un mismo problema: la ciudad efectivamente existente ya no coincidía con la ciudad definida en términos administrativos. La vida urbana, los viajes cotidianos, la localización de las fábricas, los barrios obreros y las redes de servicios formaban una unidad mucho más amplia que la Capital Federal.
Algunos especialistas lo vieron con claridad. Hubo quienes entendieron que la metrópoli debía ser pensada como una totalidad, y en consecuencia, elaboraron propuestas diversas: planes reguladores, ideas de confederaciones municipales, organismos regionales y hasta planteos favorables a ampliar los límites de la capital para que abarcaran el conjunto de la urbanización. No se trataba apenas de dibujar un mapa más grande. Se trataba de reconocer que transporte, saneamiento, vivienda, industria y empleo no podían resolverse dentro de fronteras administrativas que la realidad ya había dejado atrás.
Sin embargo, esa integración nunca llegó. Los límites de la Capital, fijados a fines del siglo XIX y materializados después con la Avenida General Paz, permanecieron casi inmóviles. Mientras la mancha urbana seguía expandiéndose, la estructura política quedó partida. La gran ciudad creció como una unidad funcional, pero fue administrada como un rompecabezas: gobierno porteño, gobierno bonaerense, decenas de municipios y, además, el Estado nacional asentado en la capital del país.
Esa fragmentación marcó la historia del conurbano bonaerense. En términos materiales, la aglomeración funciona como una unidad: millones de personas cruzan todos los días límites invisibles para trabajar, estudiar, atenderse, comprar o buscar transporte. Pero en términos políticos, cada parte responde a autoridades distintas, presupuestos distintos, prioridades distintas e intereses electorales muchas veces enfrentados. Lo que para la población es una sola ciudad, para el Estado aparece dividido en jurisdicciones que negocian, se bloquean o se desentienden unas de otras.
Desde mediados del siglo XX, esa contradicción se volvió cada vez más importante. El conurbano bonaerense se expandió notablemente, y buena parte de esa expansión respondió al dinamismo de la actividad industrial. Los partidos que rodeaban a la Capital se convirtieron en el principal territorio manufacturero del país. Allí se instalaron frigoríficos, textiles, metalúrgicas, curtiembres, químicas, automotrices, alimenticias, papeleras, plásticas y talleres de todo tipo. La industria atrajo población, organizó barrios, multiplicó empleos y convirtió a esa periferia fragmentada en el centro productivo de la Argentina.
Con todo, ese mundo se fue apagando. En las últimas décadas, la industria perdió fuerza. El conurbano sigue siendo el centro de la industria, pero ese motor funciona cada vez con menos potencia. El resultado está a la vista: una aglomeración enorme, construida en buena medida alrededor de la fábrica, pero cada vez más desprovista de empleos estables. Como contracara, crecieron la precarización, la informalidad, el cuentapropismo forzado, la desocupación, la violencia cotidiana y el deterioro general de las condiciones de vida. La ciudad que se expandió al calor de la industria ya no garantiza el trabajo que alguna vez prometió.
Frente a este cuadro, la fragmentación política agrava el problema. La vivienda, el transporte, la infraestructura, el saneamiento, la seguridad y el empleo son cuestiones metropolitanas, pero se las administra como si fueran asuntos locales. Cada intendente cuida su distrito, su presupuesto, sus votos y su reelección. Cada gobierno negocia desde su propia conveniencia. Así, los problemas que afectan al conjunto de la aglomeración quedan atados a acuerdos parciales entre actores que están más preocupados por preservar sus cargos que por resolver la crisis de fondo.
Por eso abundan respuestas inconducentes. Se multiplican parques industriales sin una estrategia productiva real, exenciones fiscales para competir con el municipio vecino, obras fragmentarias y anuncios que no modifican la estructura del problema. Mientras tanto, la industria pierde empleo, los barrios se empobrecen y la metrópoli sigue funcionando sin un planificación común.
El conurbano muestra con crudeza buena parte de los problemas nacionales: una economía que no logra sostener empleo de calidad, una industria debilitada y, como si ello fuera poco, un Estado atravesado por intereses mezquinos, incapaz de planificar integralmente el territorio donde vive una porción enorme de los trabajadoresargentinos. Mientras esa fragmentación persista, difícilmente puedan resolverse problemas que, por su propia escala, exigen una respuesta general.
*Martín Pezzarini es becario doctoral de la Universidad de Buenos Aires, investigador del Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (CEICS) y militante de Vía Socialista.
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