Un circo demasiado caro e inútil

El nacionalismo malvinero reditúa muy bien a la clase dominante y a los gobiernos de turno. Es un gran recurso para echar mano ante situaciones complicadas o caídas de la popularidad. Lo hizo hasta una dictadura sangrienta. Es sencillamente un verdadero misterio cómo unas islas diminutas, perdidas, históricamente inservibles y que nunca tuvieron ningún papel en la construcción nacional pueden unificar las opiniones en un abrazo de clase y hacer pasar a un segundo plano los desaparecidos, las torturas, la miseria social , la degradación de nuestras vidas y la corrupción obscena de quienes nos gobiernan. En fin, la destrucción de un país. Si tanta ganancia produce, vale la pena preguntar quién paga…

No hay dudas de la poca sinceridad de Milei con la causa(basta ver lo que decía antes de ser presidente…), ni de la desesperación con la que se aferró a ella. Y no fue, claramente, el producto de una planificación, sino una reacción apurada y espasmódica ante una frase ambigua de Trump (“revisamos todas las posturas”). Una idea del resucitado Santiago Caputo, para intentar volver a ganar protagonismo, en un escenario muy desfavorable (solo matizado por la dispersión opositora) y para reclamar fondos para su SIDE.

En concreto, Milei solo hizo pequeñas modificaciones a una ley propuesta por Eduardo Menem e impulsada por Pino Solanas y el kirchnerismo en 2011, que no tuvo ninguna consecuencia seria. El Departamento de Estado norteamericano reafirmó la posición histórica de ese país. El proyecto al que se acusó tiene varios años, pero recién se denuncia ahora y a la Justicia local. Será interesante observar los alcances del juez Ercolini ante empresas con sede en Hertzlia, Londres y Ámsterdam… Es todo muy poco serio y resulta difícil ocultar que se trata de un circo cuya función no llegará a durar más de una semana.

Sin embargo, hay un escenario real, detrás toda esta puesta en escena, en el cual Argentina se cuela. Si empezamos por la superficie, vemos que los dichos de Trump son una respuesta a la negativa de Gran Bretaña de ceder su base Diego García, en el Índico, para operaciones norteamericanas en su guerra contra Irán. Peor aún es el argumento: el acuerdo con EE.UU. tiene fines puramente defensivos y Trump lo está usando para atacar, no para defenderse. Parece el argumento de Xi Jinping. A eso, se agrega la resistencia británica a incrementar al 3% del PBI, en forma inmediata, su aporte a la OTAN. Eso no es todo: el gobierno laborista se unió al resto de países europeos en su boicot a productos israelíes elaborados en Cisjordania y en el pedido por un Estado palestino, contra la fuerte alianza de Trump con Netanyahu. De allí, claro está, los pedidos de una parte del gobierno israelí de reconocer la soberanía argentina en Malvinas. Por último, las oscilaciones del presidente norteamericano con respecto a la guerra en Ucrania debilitan su alianza con Europa. Queda claro que las posiciones coyunturales pueden cambiar (el ascenso de un gobierno pro Trump en Gran Bretaña o de los demócratas en EE.UU.), pero hay un factor que antes no estaba.

¿Qué hay detrás del quiebre de esta alianza histórica, construida y sostenida desde en la posguerra? La crisis, cada vez más profunda, de la hegemonía norteamericana y el ascenso del imperialismo chino. Las inversiones y los intercambios comerciales del país oriental lo colocan un lugar de contrapeso y ponen un límite cada vez más riguroso a la capacidad de presión yanqui. Hoy, Europa, se debate entre ser un elemento oscilante entre las dos grandes potencias o convertirse en una tercera. De una forma u otra, su política es cada vez más distante de quien fuera su protector. Por lo tanto, las bases y puntos de apoyo que EE.UU. consideraba suyos, ahora no lo son. El conflicto es más complejo de lo que parece, toda vez que hay intereses económicos que cruzan los políticos: una empresa israelí y un empresario argentino buscan hacer negocios en Malvinas, pero eso pasa incluso en EE.UU., con empresas que trabajan con capitales chinos.

En un enfrentamiento entre dos imperialismos, el escenario es el mundo y el terreno físico son los mares y océanos, donde por ahora se desarrolla el grueso del comercio. De allí la importancia de Ormuz, Bab el Mandeb y los gritos por Groenlandia. En la medida en que los grandes portaaviones no pueden pasar por el Canal de Panamá, el tráfico entre el Atlántico y el Pacífico debe redirigirse al Atlántico Sur, que toma protagonismo, al igual que la disputa por la Antártida. No se trata del estallido de un conflicto en el corto plazo, sino de una puja constante. Recordemos que China quiso establecer una base militar allí, en territorio argentino, lo que no prosperó.

No hay una riqueza que se nos esté escapando. No sabemos el rendimiento que tendrá ese proyecto. En el mejor de los casos, sería el 1% de Vaca Muerta (por eso, hay empresas que privilegiaron la buena relación con la Argentina). Si es por el petróleo off shore, tenemos toda la plataforma del Mar Argentino. Si es por la pesca, las denuncias señalan a los pesqueros extranjeros en nuestra jurisdicción.

La discusión sobre las sanciones y la presencia militar es inconducente. La Argentina no está en condiciones hoy de garantizar la ocupación y defensa militar de las Malvinas. Mucho menos, de controlar el paso del Estrecho de Magallanes o del Cabo de Hornos. Está cerca, sí. Pero es no dice nada. Si no, habría que preguntarle a los países árabes, que no pueden comerciar libremente por sus estrechos. Lo mismo con la pesca. Sin una producción de buques a escala internacional, no se pueden defender los mares. La influencia geopolítica se logra con desarrollo económico. Primero se es una potencia, luego se discuten territorios. Nunca al revés. Hoy, nuestra economía se basa en la soja, a la que se empiezan a agregar los hidrocarburos y, en el futuro, tal vez minerales. Frente a la producción de buques y microchips, representamos una economía paleolítica. En un escenario polarizado entre dos potencias, si la Argentina no se desarrolla económicamente, va a verse arrastrada por el conflicto como furgón de cola de alguna de ellas u oscilar, como un papel al viento, entre las dos. En ese marco, en lugar de destinar esa montaña de dinero para la SIDE y una base naval en Tierra del Fuego, debiera pensarse en mejorar la dañada infraestructura nacional y diseñar un plan para el desarrollo industrial del país.

*Por Fabián Harari (UBA/UNSL/CEICS).-