Por Eduardo Sartelli*
A esta altura del partido, si hay algo claro, es que la facilidad con la que el gobierno podía ignorar las contradicciones de su política económica es cosa del pasado. Si se intentara representar la estrategia política del titular de LLA, se podría utilizar la imagen de un corredor desesperado que debe avanzar a toda velocidad para no ser alcanzado por un abismo que se acerca, por mucho que se esfuerce. Lo peculiar del caso no es que un gobierno argentino se encuentre amenazado por el derrumbe de una economía que no perdona, sino cómo su titular ha hecho, hasta ahora, de ese derrumbe en ciernes, la fuente de su fuerza política. Correr sin ser alcanzado es lo que le ha permitido presumirse el único poseedor de la llave del cofre de la verdad. El resto, mandriles y econochantas.
El combustible de esa capacidad milagrosa ha sido la recurrencia a las acostumbradas “cajas” del ajuste argentino. No hay aquí ninguna originalidad teórica o práctica: asaltar las jubilaciones, paralizar la obra pública y promover un blanqueo, forman parte del set acostumbrado para achicar gastos y conseguir recursos extraordinarios. Menos original es el fondeo de un ancla cambiaria para contener los precios, acompañada de una devaluación brutal y tipos de cambio preferenciales para los exportadores, para cerrar el grifo a la salida de divisas y estimular su liquidación. Ninguna sorpresa puede causar el que todo este cóctel tradicional devenga en una consecuencia no menos tradicional: una recesión machaza. Dos resultados, paralelos y, por supuesto, para nada inesperados, son la caída de la tasa de inflación y la tendencia a la revalorización del peso.
Por mucho que el gobierno cacaree, este cuadro que, con variantes, hemos visto muchas veces, es insostenible, de no mediar cuatro acontecimientos que cambiarían el escenario:
1. un ingreso masivo de capitales;
2. un aumento vertiginoso de la productividad de la economía;
3. la posibilidad de un endeudamiento masivo;
4. la mejora abrupta de los términos de intercambio.
El ingreso masivo de capitales puede tener efectos diferentes según la magnitud, pero, sobre todo, según su carácter si se tratara de fondos especulativos, como los que caracterizaron al plan de Martínez de Hoz y, parcialmente, a la Convertibilidad, no serían parte de la solución, sino del agravamiento del problema. Si, por el contrario, se vinculara a inversiones productivas que elevaran la productividad de toda la economía, su efecto sería positivo a largo plazo, porque es esta última vía la que constituye una salida genuina de los problemas nacionales: achicar el lastre del mercado interno y conquistar porciones crecientes del mercado mundial. Situación que se ha visto a cuentagotas, en algún que otro momento de la Convertibilidad, por ejemplo. Por el contrario, insistir con el endeudamiento ha sido la llave más a mano para franquear una puerta que solo da a un callejón, como podría atestiguar Mauricio Macri. Lo peculiar de la década kirchnerista, por su parte, demuestra lo frágil que puede resultar un ciclo sostenido en una mejora del precio de las commodities.
En última instancia, el problema argentino yace en el pantano en el que se ha metido hace unos setenta años y del que no puede salir: un mercado internismo resistente que acogota la única fuente de divisas del país, al menos hasta ahora, el campo. Todas las soluciones posibles que hemos enumerado, son temporarias, aleatorias o perversas. Como dijimos, solo aumentando la productividad de la economía se puede salir adelante genuinamente. No se tiene equilibrio de las cuentas públicas, superávit, aumento de reservas, un BCRA saneado, una moneda estable, con esas medidas arbitrarias, aleatorias o perversas. Eso es solo patear el problema para adelante, haciéndolo cada vez más grande hasta que llega el punto en que, el abismo que te persigue, se te aparece por delante. Ya sabemos lo que ocurre: 1975, 1982, 1989, 2001, 2018. El país estalla una vez por década. Cuando una inesperada y violenta suba de las commodities recrea escenarios parecidos al 1900, el estallido se posterga por un tiempo mayor. Pero llega. Acaso la suerte de un político “exitoso” es no estar allí cuando sucede.
La productividad de la economía puede aumentarse por selección “natural” o mediante una planificación inteligente. Por selección “natural”: se abre la economía y sobrevive el que puede. Si la sociedad acepta las consecuencias, se tendrá algo así como Uruguay o Chile. Mediante planificación inteligente: se eligen las ramas de la economía que son más deseables en términos económicos y sociales y se diseña un camino que vincule los recursos existentes con ese resultado. Otra vez, si la sociedad acepta las consecuencias, se tendrá Corea del Sur o China. La pretensión de Milei, para nada original tampoco, es la primera. La novedad sería el haber conseguido que la sociedad aceptara las consecuencias. Bien que estas todavía no se ven, porque la “apertura” no ha avanzado demasiado. Históricamente, esta pretensión no ha tenido un soporte material: aún con la pampa produciendo a pleno y con los mejores precios, sus impulsos son incapaces de sostener 50 millones de habitantes. De allí que la comparación con países como Noruega, Nueva Zelanda, Chile o Uruguay, es peligrosamente ridícula. El aval social para esta política podría mantenerse si lo que sobrevive es capaz de una sustitución indolora: que la caída de unos sea compensada por el ascenso de otros. La ilusión en que la Argentina pase de un simple “modelo agroexportador” a uno “minero agroexportador” se soporta en la esperanza en el desempeño de Vaca Muerta y el despliegue amplio de la minería. La pregunta es si esto daría para ser algo más que una hermana pobre de Australia, un país con menos de la mitad de la población argentina.
A corto plazo, el gobierno se ha llevado por delante la pared histórica que detiene la rauda carrera de ministros y presidentes. Por eso el recurso al FMI, un recurso de última instancia. Lo que diferencia esta de las anteriores veces, es que el anhelado camino hacia Australia parece al alcance de la mano. Solo hay que cruzar el abismo que comienza a adelantarse. Se necesita un puente. Del otro lado, todo será cuesta abajo, se supone. Pero la minería está más “verde” de lo que se supone y Vaca Muerta recién galoparía hacia 2030. Largo, estrecho y peligroso puente, cuyo borde más cercano está ahí nomás, en octubre. No parece que 8.000 millones de dólares, para un gobierno que está rifando los depósitos de los ahorristas en dólares, constituya materia suficiente para elevar columnas y sostener las vigas necesarias. Alguien podría decir que tal vez este presidente no lo logre, pero el próximo sí. Puede ser. Pero en ese caso, el peligro no es tanto el cruce, sino lo que nos espera del otro lado, en ausencia de una planificación inteligente. Algo así como soñar con Noruega y despertar en Belindia.
* Integrante de Vía Socialista.
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