El mercado laboral argentino muestra una transformación profunda bajo la gestión de Javier Milei. La falta de empleo formal no se traduce únicamente en más desocupación, sino en un avance sostenido de trabajos precarios, sin estabilidad ni cobertura social.
Durante el primer trimestre de 2026, la proporción de trabajadores en condiciones informales alcanzó el 44,2%, el valor más alto del que se tenga registro. Esto equivale a cerca de 10 millones de personas que desarrollan actividades al margen de las normativas laborales.
El fenómeno aparece como una válvula de contención frente a una mayor destrucción de empleo, pero al mismo tiempo deteriora de forma marcada la calidad del trabajo. En lugar de puestos registrados, crecen ocupaciones ligadas a ingresos inestables, como repartos, transporte por aplicaciones o changas.
Casi la mitad de los trabajadores, fuera del sistema
Los datos oficiales reflejan que, en los principales centros urbanos, unas 5,9 millones de personas se desempeñan en la informalidad, cifra que se amplía significativamente al considerar el total del país.
En contraste, apenas el 55,7% de los ocupados cuenta con empleo registrado. En términos concretos, más de cuatro de cada diez trabajadores no acceden a derechos básicos como aportes jubilatorios, cobertura de salud o indemnización.
Aunque la tasa de empleo se mantiene relativamente estable, el deterioro en las condiciones laborales se vuelve cada vez más evidente.
Aumenta el trabajo sin aportes
Uno de los indicadores más sensibles es el crecimiento de asalariados sin descuentos previsionales. Actualmente, el 37,9% de los trabajadores en relación de dependencia no recibe aportes por parte de sus empleadores, lo que implica un empeoramiento respecto al año anterior.
Dentro del universo informal, la situación es aún más crítica: el 84,5% tampoco realiza contribuciones por cuenta propia, lo que anticipa un futuro de alta vulnerabilidad para millones de personas.
Changas, cuentapropismo y empleo fragmentado
El avance de la informalidad no se limita a los sectores históricamente más relegados. Si bien los trabajadores independientes representan una porción importante del fenómeno, los asalariados concentran la mayor parte de los empleos no registrados.
Actualmente, el 71,8% de los ocupados son asalariados y el 24,2% trabaja por cuenta propia. Sin embargo, ambos segmentos muestran niveles crecientes de precarización.
Este escenario refleja un mercado laboral cada vez más fragmentado, donde la estabilidad pierde terreno frente a esquemas flexibles pero inseguros.
Tener trabajo ya no alcanza
Otro dato que expone la crisis es el aumento de personas que, aun teniendo empleo, buscan otra ocupación. Este grupo representa el 15,8% de los trabajadores y evidencia que los ingresos actuales no alcanzan para cubrir necesidades básicas.
A esto se suma una subocupación del 11,1%, que incluye a quienes trabajan menos horas de las que desean y necesitan completar sus ingresos con otras actividades.
En total, la presión sobre el mercado laboral afecta al 29,6% de la población económicamente activa, combinando desocupación, búsqueda de empleo adicional y necesidad de más horas de trabajo.
Un modelo que empuja a la precariedad
Los datos configuran una paradoja: el nivel de empleo no muestra un derrumbe abrupto, pero la calidad de los puestos cae de manera sostenida. En este contexto, la expansión de la informalidad aparece como uno de los rasgos más visibles del actual esquema económico.
Lejos de ser un fenómeno transitorio, la precarización se consolida como una característica estructural del mercado laboral argentino, con consecuencias de largo plazo en ingresos, protección social y perspectivas jubilatorias.
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