Por Fabián Harari*
El 8 de mayo de 2004, el Ministro de Transporte de Irán, Ahmad Korram, inauguraba el nuevo Aeropuerto Internacional “Imán Jomeini”, en las afueras de Teherán. El otro, más antiguo, Mehrabad, había sido cubierto por la expansión del conurbano de la ciudad. Esta flamante y moderna terminal aeroportuaria había sido adjudicada a empresas austríacas y turcas. El presidente del país, Muhamad Jatami, tenía prevista una visita protocolar a su par turco, como celebración del acontecimiento. Sin embargo, el aeropuerto solo pudo operar un primer vuelo, proveniente de Emiratos Árabes Unidos (EAU). El segundo aterrizaje tuvo que ser abortado por la presencia de tanques y vehículos militares en las pistas. Era la Guardia Revolucionaria Islámica (GRI), que elevaba sus quejas por la entrega de bienes nacionales a “extranjeros”. Luego de negociaciones, hubo que retirar la concesión a las empresas adjudicatarias y entregarle el aeropuerto a la Guardia. Korram salió eyectado y fue el fin del gobierno de Jatami. Por supuesto, la visita a Turquía nunca se realizó…
Este hecho ilustra las características del régimen en Irán y las contradicciones que lo atraviesan hoy. Hagamos las siguientes preguntas:
1. ¿Por qué la GRI pudo hacer eso?;
2. ¿Cuál era su interés?;
3. ¿Por qué ese hecho marcó un hito en la historia política iraní?
La GRI pudo hacer eso porque, para ese entonces, constituía un ejército paralelo a las Fuerzas Armadas (Artesh). Y, cuando decimos “paralelo”, estamos hablando de fuerzas terrestres paralelas, marina paralela, aviación paralela e inteligencia paralela. Eso, solo para empezar. Hay que agregar la responsabilidad sobre el programa nuclear, la dirección del Quds (una fuerza que centraliza formaciones militares en el extranjero), varias universidades, su lugar en el Consejo Supremo y el apoyo de las “milicias” Basij (la estructura socio-militar más numerosa del país).
Durante el proceso revolucionario de 1978-79, Jomeini, como líder de la alianza del clero (restos de clases tributarias rurales) con los comerciantes bazar (burguesía nacional más chica), tenía por delante dos problemas para cerrar la revolución. Por un lado, el aparato militar, en el que no podía confiar, pero tampoco destruir. Por el otro, las organizaciones radicales y socialistas: el Tudeh (comunistas) y los mujaidines (nacionalistas), y los organismos de participación popular (Khomités y Tribunales de Base). La solución fue construir un conjunto de fuerzas militares adictas: las más importantes, la GRI y el Basij, que se encargaron de liquidar todo el arco de izquierda y de perseguir a los adictos al Sha. La guerra con Irak les dio una preponderancia inédita.
Bien, la pregunta ahora es por qué la GRI irrumpió de esa manera para quedarse con el aeropuerto. Pasamos ahora a la parte menos conocida del grupo: su actividad económica. Al final de la guerra con Irak, el país se encuentra destruido y sin la ayuda de la URSS. Esta formación, entonces, se encarga de la tarea creando empresas y tomando contratos de construcción. El nuevo, líder, Jamenei, entiende que, si quiere mantener el régimen estable, tiene que tener el control de los resortes económicos. Esos contratos de construcción se extienden a servicios públicos y a inversiones en infraestructura y yacimientos. Aparece aquí la figura de las Banyads (“fundaciones”, en persa). Cooperativas que estaban destinadas a la ayuda de posguerra (Fundación de los Oprimidos y la Fundación de Asuntos de los Mártires y Veteranos, que hoy tienen un valor de US$ 12.000 millones) y se van transformando en empresas. Incluso, en bancos (como Ansar Bank y Mehr Eqtesad Bank). Los Banyads, a diferencia de las empresas puramente GRI, tenían una participación de los bazaríes. Entre las inversiones, estaba, también, los aeropuertos ¿Por qué la protesta? Primero, porque la entrada de capitales más grandes (extranjeros), los excluye. Son ineficientes y viven del Estado ¿Por qué un aeropuerto? Porque otra de las actividades de los grupos de la GRI era el contrabando.
Si todo esto parece mucho, sepa el lector que esto fue solo el comienzo. A partir de la salida de Jatami y la llegada de un ex oficial de la GRI, Mahmud Ahmadinejad, al poder, el tamaño y la influencia de la GRI se multiplican exponencialmente: automotrices, agricultura, medios de comunicación, telecomunicaciones. El viento de cola chino le da aire al proyecto. En 2007, absorbe al Basij, con 400.000 militares y 25 millones de afiliados. La máquina de asistencia social, custodia religiosa y entrenamiento militar más grande del país. Luego, en un proceso de “privatización”, se hace con empresas estatales y con South Pars, entonces un proyecto y hoy el yacimiento de gas más importante del país. Hay más: recibieron el permiso para comprar crudo a precio subsidiado y exportarlo a precio internacional. Su expansión llega a la política: ministros y parlamentarios, que desplazan a los tecnócratas de los 90 y a los clérigos. Este poder de los organismos paraestatales llega a los preparativos para un autogolpe, detenido a tiempo por Jamenei, que se apoyó en los reformistas.
Hoy, la GRI supone entre el 40% y el 50% de la economía iraní (el resto, da lugar al reformismo). Es la encargada de la fabricación del armamento y de su exportación (drones, en su mayoría). Se encarga de las milicias en Líbano, Yemen, Bahrein, Sudán e Irak (Hamás hoy, muy poco). Sus empresas emplean a 5 millones de personas en forma directa. Pero, si tomamos en cuenta las bonyads, los empleos militares y la asistencia social, la población que depende de la guardia duplica esa cifra. Esa es la base económica y social del régimen: una estructura de formaciones político-económicas paraestatales, no necesariamente centralizadas. Suprimirlas, supone expropiar a toda esa clase que vive del favor del Estado y, sin un plan de reemplazo, dejar en la calle (o en la migración masiva) a millones de personas, creando una crisis poblacional en toda la región. La preocupación de Trump es otra: simplemente, conseguir que la economía mire hacia Estados Unidos y no hacia China. El problema es que China compra el 80% de la producción iraní (es el mayor importador mundial de crudo y gas) y sus manufacturas son más baratas. ¿Puede EE.UU. empardar eso? Difícil. Por eso, para conseguir lo que quiere, el cambio que debe propiciar es demasiado grande. Y, se ve, no lo está consiguiendo…
*Por Fabián Harari (docente UNSL, investigador del CEICS y militante de Vía Socialista).
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