Los capitanes de la industria atacan de nuevo

Por Gonzalo Sanz Cerbino*

Para quien no tenga presente la historia reciente de nuestra clase dominante, la disputa entre Milei y Techint puede resultar sorpresiva. Repasemos: un consorcio de empresas públicas y privadas adjudicó, hace pocas semanas, la licitación de los tubos para la construcción del gasoducto de 480 km que conectará Vaca Muerta con Río Negro a la empresa india Welspun, dejando fuera de competencia a Techint. Sturzenegger y Milei lo celebraron públicamente y el debate llegó a la tapa de los diarios. ¿Pero acasoTechint, al igual que los grandes grupos económicos de la Argentina, no apoyaba a Milei? ¿No puso Techint al actual Secretario de Trabajo, Julio Cordero, impulsor de la reforma laboral? ¿Estos grandes grupos económicos, conocidos hace décadas como la “patria contratista” o los “capitanes de la industria”, y hoy como el “círculo rojo”, no son todos liberales?

Si y no. Los gobiernos “liberales” en la Argentina suelen estar atravesados por una disputa no tan visible, entre sectores que aparentan venir del mismo palo. Onganía y su ministro de Economía, Krieger Vasena, enfrentaron la oposición de la burguesía agropecuaria, a quienes no les parecía lo suficientemente liberal. Lo mismo sucedió con Martínez de Hoz, a quien otro economista liberal, Álvaro Alsogaray, acusó de “desarrollista”, “gradualista” y “estatista”. Menem, un poco más liberal que sus antecesores, fue cuestionado por los grandes grupos económicos de base industrial- financiera: los capitanes de la industria. Milei parece ir por el mismo camino.

Lo que sucede es que se suele englobar bajo el mote de “liberal” a dos fracciones de la burguesía con intereses y programas diferentes. En realidad, hay dos “liberalismos”. Ambos cuestionan que el Estado proteja a las capas más débiles de la industria (las pymes). Ambos claman por una reducción de los gastos estatales y por eliminar conquistas laborales. Pero difieren en algo sustantivo. La burguesía agropecuaria, sector competitivo que exporta y genera divisas, promueve la liberalización completa de la economía: pretende percibir el precio lleno por sus exportaciones y que no se utilicen esos recursos para subsidiar a los industriales que producen para un mercado interno protegido. La gran burguesía industrial-financiera, los capitanes de la industria como Techint, coinciden en casi todo, menos en que la apertura económica deba ser total. Sucede que estos grandes grupos económicos han sobrevivido en ese mercado interno protegido que el agro pretende eliminar: subsidios, promoción industrial, desgravaciones impositivas, compre nacional, contratos con el Estado. La apertura de la economía los condena a su desaparición y por eso promueven un proteccionismo selectivo: apertura para las pymes, protección para los grandes.

Sus coincidencias las llevan a formar las alianzas que impulsan inicialmente a los gobiernos “liberales”. Tanto el liberalismo agropecuario como el liberalismo industrial (o liberal-desarrollismo) coinciden en la oposición frente a gobiernos “populistas” o “estatatistas”. Pero las coincidencias se acaban cuando llegan al poder, como sucedió con Krieger Vasena, con Martínez de Hoz y con Menem-Cavallo. La disputa entre Techint y el gobierno de Milei expresa ese momento.

¿Cómo se resuelve esa disputa? Con Krieger Vasena, Martínez de Hoz y Macri la gran burguesía industrial copó todos los cargos. La burguesía agropecuaria, marginada del poder, terminó llorando porque no bajaban las retenciones y porque “su” gobierno no era suficientemente liberal. Con Menem la cosa fue un poco más compleja. La ofensiva aperturista fue más profunda, y los grandes grupos industriales tuvieron que resistir desde fuera del gobierno. Pero eso no significa que hayan salido perdiendo. El esquema de aranceles propuesto por Cavallo a principios de 1991 fue objetado por la patria contratista, que mediante el lobby consiguió mantener una importante protección para sus productos. Aunque el tipo de cambio la perjudicaba, ello fue ampliamente compensado con las privatizaciones, a las que estos grupos accedieron de manera privilegiada.

Con Milei puede repetirse esta historia. Que Techint haya perdido el primer round, no implica que vaya a perder la guerra. Hay antecedentes de ello. En 2016 Techint perdió una licitación para la construcción de 2.336 km de gasoductos troncales en Córdoba. Las empresas que se adjudicaron la obra, asociadas a capitales chinos, adquirirían los tubos en ese país en lugar de comprarlos a Techint. Rocca movió cielo y tierra para voltear la licitación: puso a la UIA y la UOM a cuestionar la pérdida de puestos de trabajo por la importación de tubos. Apeló al gobierno nacional, encabezado por Mauricio Macri, para presionar sobre el gobernador Schiaretti. Finalmente, la Secretaria de Comercio de la Nación accedió a una denuncia de Techint por dumping e impuso un arancel de 139% a los tubos chinos. La licitación cayó y Córdoba tuvo que entregar el negocio a Techint.

En la disputa por los tubos de Vaca Muerta el gobierno no presenta un frente unificado contra Techint. La única voz estatal en el consorcio que le dio la licitación a Welspun, el representante de YPF, propuso dar la oportunidad a Techint de presentar una mejor oferta. Recordemos que YPF, como la Secretaría de Trabajo, está bajo el control de ex gerentes de Techint que ya favorecieron a la empresa en otras licitaciones. Con la licitación definida, Techint apelará, como hace 10 años en Córdoba, a una denuncia por dumping. Y si todo falla, aún puede recibir un premio consuelo: la licitación para la construcción del gasoducto y las plantas compresoras, de la que Techint participa y que se define en marzo. No sería la primera vez que el gobierno de Milei cede ante el círculo rojo. La baja en los aranceles a los celulares anunciada en diciembre, que inicialmente perjudicaba a los empresarios beneficiarios del régimen de Tierra del Fuego, ya fue compensada por tres resoluciones adicionales que restablecen la protección por otras vías. Es probable que pase algo similar con Techint.

Sin embargo, gane quien gane, perdemos los trabajadores. Si los tubos para el gasoducto se importan, se resiente el aparato productivo, poniendo en peligro puestos de trabajo. Pero si se impone Techint, se duplica el costo de la obra y Rocca se llena los bolsillos “con la nuestra”. Cuando nos hablan del déficit fiscal habría que mirar a estos empresarios antes que a los jubilados o los empleados estatales, que cobran miseria. La única salida al dilema es que los trabajadores nos apropiemos de esos recursos que dilapida esta burguesía planera, no para dárselos a India o China, sino para construir un entramado industrial realmente competitivo de la mano del Estado.

*Por Gonzalo Sanz Cerbino (investigador de CONICET, militante de Vía Socialista, autor del libro Los golpistas. Las disputas interburguesas y el ascenso de los «capitanes de la industria» (1955-1983)).

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