La llegada de Donald Trump y su equipo a la Casa Blanca es parte de una oleada de gobiernos de advenedizos que movilizan un conservadurismo popular, con poca estructura e historia política detrás y movilizando un descontento generalizado ligado al personal político y sus partidos: Bolsonaro, Orbán, Meloni, Le Pen, Kast y, obviamente, Milei. Estos fenómenos que se alimentan de una crisis social y de los partidos tradicionales que se alternaban en el juego político. Pueden ser más proteccionistas (Le Pen, Trump) o más liberales (Milei, Bolsonaro), pero tienen en común una profunda defensa del statu-quo social y un “igualitarismo bestial”, por el cual, se equiparan todas las situaciones de los sectores desfavorecidos a la baja. En el caso de los EE.UU., en la llegada al poder de Trump confluyen tres crisis: la de la hegemonía mundial norteamericana, la económica de 2008 y la del sistema político.
Vamos al primer punto. En 2007, el porcentaje de productos de alta tecnología sobre las exportaciones de manufacturas de los EE.UU. era del 30%, igual al de China. Doce años después, China sube levemente al 32%, pero EE.UU. se derrumba al 18%. En estos años, China también aventajó a su rival en el porcentaje de exportaciones de tecnología de comunicaciones. El peso de las manufacturas en la producción total de EE.UU. es del 15%. El de China, el doble. Esto en el contexto de una economía cuyo sector primario (principalmente petróleo y gas) va ganando cada vez más peso en sus exportaciones. Mientras una economía se “reprimariza”, la otra agiganta su poder industrial y tecnológico. En 2020, China superó, por primera vez, a los EE.UU. en la cantidad de buques de guerra operativos. Los astilleros chinos tienen una capacidad de producción, medida en toneladas, 232 veces mayor que sus competidores yanquis. La propia situación actual de Medio Oriente es un emergente: China es el principal inversor y socio comercial de los países de la región (salvo Israel), desplazando largamente a los EE.UU. El uso del Yen viene ganando posiciones sobre el del Dólar, a tal punto que Arabia Saudita se negó a renovar el acuerdo por los petrodólares, que dio sustento a la libre convertibilidad de Nixon, en 1971. Este proceso crea una crisis de conciencia importante en la población, que siente las consecuencias en su vida diaria, pero también provoca un fuerte replanteo en su clase dominante y en la política en general. El Partido Republicano (Bush) y el Demócrata (Obama, Biden) se han mostrado incapaces de dar una respuesta. En particular, Obama fue visto como un gobierno “blando” con China (aunque no fue exactamente así).
La explosión del año 2008 es el producto de un largo proceso de decadencia, burbujas financieras y caída de la tasa de ganancia. La pauperización social, la polarización y la crisis del “sueño americano” no comienzan con este episodio, sino que sus primeras manifestaciones pueden remontarse hacia mediados de la década de 1970. Sin embargo, se trató de la crisis más importante en los últimos 30 años, provocó una caída aún más estrepitosa de las condiciones sociales y, lo más importante, sus efectos no pudieron ser revertidos, a tal punto de hundir al Partido Demócrata, que debía hacerse cargo de la situación. La deslocalización de industrias y la pérdida de empleo se acentuaron. En 1970, el 90% de los hijos estaban mejor que sus padres a los 30 años. En 2010, solo el 50% de los hijos está mejor que sus padres a la misma edad. Luego de la debacle financiera, los gobiernos no tuvieron reparo en gastar miles de millones de dólares del erario público para rescatar a los bancos, al tiempo que abandonaban a su suerte a los particulares que se habían hipotecado para comprarse una vivienda. En lugar de revertirse, la crisis siguió avanzando, provocando descontentos que se manifestaron de diversas formas. En su mayoría ligadas a cuestiones particulares: Occupy Wall Street (2011), Black Lives Matters (2014-2020), March for Our Lives (2018) y huelgas del sector educativo (2018-2019). La pauperización se hizo sentir no solo en el ya desgastado Rust Belt, sino en los suburbios de las grandes ciudades y en el interior profundo, generando una polarización social y política, que no por haber estado latente desde décadas dejó de tomar formas dramáticas. En ese marco, al descontento generalizado se le agrega la desconfianza a los partidos que se alterna en el gobierno.
El tercer elemento es la transformación de los partidos. A partir de la década de 1930, a grandes rasgos, el Partido Demócrata va a representar a la nación industrial y sus instituciones, en particular, los sindicatos. Los republicanos, la nación petrolera, rural y financiera (también, en general). Una división trazada por el Norte contra el Sur, herencia de la Guerra Civil y de la evolución de los derechos políticos. A partir de las últimas décadas del siglo XX, esa división “vertical” se transformó en una división “horizontal”: de la oposición norte-sur se pasó al enfrentamiento costas-interior. Las viejas zonas industriales del Rust Belt se transformaron en un reservorio de mano de obra desocupada. La base rural republicana fue perdiendo su vida apacible. Los partidos perdieron gran parte de su tradicional base social y comenzó un proceso de reestructuración partidaria, que abarca a un Bernie Sanders por izquierda y a Trump por derecha. Ambos, figuras poco ligadas a las maquinarias partidarias.
En ese contexto irrumpe Trump con su MAGA. Su vuelta a la presidencia, después de haber impulsado un boicot al Congreso y haber sido enjuiciado, muestra que la crisis política está lejos de resolverse. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el Partido Demócrata tuvo que cambiar de candidato en medio de la elección…
Como vemos, hay un paralelo con lo que sucedió en Argentina, en 2023. La elección que le dio la presidencia a Milei. Pero este mismo proceso está colocando otros candidatos en EE.UU., como Bernie Sanders (de nuevo), Mamdani, Alexandria Ocasio Cortez y Abdul El- Sayed. Todos ellos, dirigentes que pretenden canalizar la bronca por “izquierda”. Un verdadero cambio de clima, dentro del mismo proceso de crisis. Lo mismo parece estar pasando en Argentina…
