23 de junio de 2024

La ternura

Mediodía y sol, a pique. Estamos en el patio tomando mate con mi sobrina mientras hacemos pulseras. En realidad, yo tomo mate, ella finge hacerlo en tanto ordena, busca y selecciona los accesorios, que están todos desparramados sobre la mesa. Elige algunos, y los deja cerca de mi mano derecha. Desecha otros. Escucho la voz de Olivia que me comenta que ya sabe contar hasta diez en inglés, que ya sabe de memoria el abecedario, recuerda también, una canción que creamos hace tiempo donde los protagonistas somos nosotros dos. Pero que la perdone por no cumplir su promesa, de no saber leer bien de corrido.

¿Cómo puede ser? le digo, nos reímos fuerte. Tiene cinco años. De fondo mi perra ladra para que la alce arriba de la mesa, como queriendo ser parte de este momento. Querer ver que hacemos. La subo. Mi madre se suma a tomar mates conmigo, comenta cosas. A Olivia todavía se le patina la letra R, y todas las palabras formadas con esa letra me causa una sensación tan certera y sensible. Antes de almorzar en familia, algo atípico para mí, ella me da dos pulseras. Una que hicimos juntos, la otra “esta era para mi mamá, pero te la regalo tío”, “y no te la voy a pedir como hago con la abuela”. No se despega de mi lado. Todo esto afirma que existo, y todo esto, me da ternura.

Es difícil de explicar, y también por supuesto, escribir sobre esto. No tengo la pluma de la gente que admiro y admitirlo me quita un peso de encima, pero a la vez surge una rabia que me carcome. Pero insisto. ¿Cómo hablar de la ternura sin nombrarla? Es como querer hablar de la poesía. Uno la ve, la identifica, la escucha. Pero a la hora de conceptualizar, esta, se aleja. En cambio Milan Kundera parecía saber muy bien, y decía que la ternura nace en el momento en el que el hombre es escupido hacia el umbral de la madurez y se da  cuenta, angustiado, de las ventajas de la infancia que, como niño, no comprendía. Quizá sea así, quizá asociamos la ternura con la infancia, porque no sabíamos nada de la crueldad. Quizá sea por eso que cuando Olivia deja la pulsera en la palma de mi mano se me estruja el pecho.

Ahora voy a otro lado. Barthes en su libro Fragmento de un discurso amoroso, comentaba que “No es solamente necesidad de ternura sino también necesidad de ser tierno para el otro: nos encerramos en una bondad mutua, nos materializamos mutuamente; volvemos a la raíz de toda relación, allí donde necesidad y deseo se juntan. El gesto tierno dice: pídeme lo que sea que pueda aplacar tu cuerpo, pero tampoco olvides que te deseo un poco, ligeramente, sin querer tomar nada enseguida”. Por supuesto que Barthes lo piensa desde un Otro-amado y aparece, lo erotico. ¿Cómo puede ser que nos alejemos de la ternura en la adultez? Freud según Fernando Ulloa, define a la ternura como la coartación del fin último pulsional y que depende de un tercero. ¿Nos vamos de la ternura porque dependemos de otro? Leila Wanzek tiene un artículo muy interesante, sobre la la nación de ternura desde una perspectiva psicoanalítica que esta época de un consumo ilimitado, la ternura se vuelve primordial y fundante de un lazo al otro y que no necesariamente debe ser limitado al amor romántico. Hay una película que me produce algo parecido. Capitán Fantástico, es un film que tiene como protagonista a Viggo Mortensen. No quiero contar toda la película, es más, dar una pista de la premisa de la misma sería arruinarla. Pero, hay una escena, que uno puede verla por fuera, por sí misma. Viggo, que hace de padre, le dice a su hijo (que se está yendo del país): “Cuando te acuestes con una mujer sea amable y escuchala. Tratala con respeto aunque no la quieras. Di siempre la verdad. Ve por el camino honrado. Vive cada día como si fuera el último. Sé osado, sé aventurero. No mueras».

¿Qué es la ternura? Un gesto, una forma, una escena. Algo que transforma.

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