Por Martín Pezzarini*
La imagen duró unas horas, pero condensó un problema que se viene gestando hace décadas. A comienzos de mayo, un frigorífico de Moreno, en el segundo cordón del conurbano bonaerense, abrió una convocatoria para cubrir apenas 60 puestos de trabajo. La respuesta desbordó cualquier previsión: más de 4.000 personas se acercaron a dejar su currículum y formaron una fila de más de diez cuadras. Jóvenes y no tan jóvenes, trabajadores con oficio, desocupados de larga data y vecinos dispuestos a empezar de cero esperaron bajo la lluvia por una oportunidad.
La escena fue leída, con razón, como una postal de la crisis laboral. Pero también puede verse como algo más profundo: la contracara de un territorio que durante buena parte del siglo XX creció alrededor de la fábrica y que hoy convive con el debilitamiento de una de sus principales fuentes históricas de empleo.
El conurbano bonaerense no fue siempre sinónimo de precariedad, changa o viajes interminables hacia la Capital. Desde mediados del siglo pasado, los partidos que rodean a la Ciudad de Buenos Aires se expandieron al ritmo de la industria. Primero en el sur, con Avellaneda, Lanús, Quilmes y el eje del Riachuelo como corazón fabril. Luego hacia el oeste y el norte, con la consolidación de nuevos corredores industriales apoyados en rutas, ferrocarriles, accesos y disponibilidad de tierra. Allí se instalaron frigoríficos, fábricas textiles, metalúrgicas, curtiembres, plantas químicas, automotrices, alimenticias y talleres de todo tipo.
Ese crecimiento no fue ordenado ni idílico. La expansión urbana avanzó muchas veces con loteos sin servicios, barrios alejados de los centros de trabajo y sistemas de transporte insuficientes. Pero ofrecía una promesa concreta: la posibilidad de que miles de familias organizaran su vida alrededor de un salario industrial. La fábrica no solo producía artículos: también estructuraba barrios, oficios, sindicatos, comercios, trayectorias familiares y expectativas de vida.
En las últimas cinco décadas, ese mundo comenzó a cambiar. La industria argentina atravesó una reestructuración profunda: cierres de plantas, pérdida de ramas enteras, concentración de capitales, relocalización de establecimientos y avances tecnológicos que redujeron gradualmente la necesidad de mano de obra. En algunos períodos hubo recuperación productiva y nuevas inversiones, pero eso no siempre significó más empleo. Cada vez, con mayor frecuencia, la producción pudo crecer expulsando trabajadores o incorporando menos personal que en el pasado.
En el conurbano, el impacto fue especialmente visible. La región siguió siendo, aún hoy, el territorio donde funciona buena parte del corazón de la industria argentina, con sus virtudes y sus enormes limitaciones. Pero ese corazón late con menos capacidad de absorber trabajo. Los viejos distritos fabriles del sur perdieron peso relativo; el primer cordón acumuló galpones vacíos, plantas cerradas y terrenos reconvertidos; y las inversiones más dinámicas se desplazaron hacia corredores específicos, parques industriales o actividades más intensivas en capital. La industria no desapareció por completo, pero de poco fue perdiendo el papel había tenido durante décadas.
Ese debilitamiento abrió paso a otra geografía social. Donde antes el empleo industrial funcionaba como organizador de la vida de millones de personas, crecieron la informalidad, la precarización, el cuentapropismo forzado, los trabajos intermitentes y la dependencia de ingresos inestables. El propio trabajo dentro de la industria se volvió más precario. El conurbano siguió expandiéndose demográfica y territorialmente, pero ya no encontró en la fábrica el mismo motor para incorporar a su población al mercado laboral formal. Amontonó gente en un espacio reducido y hoy ni siquiera le garantiza un empleo.
La fila de Moreno debe leerse en ese contexto. No expresa solamente las expectativas que despierta en los vecinos una empresa que abre una nueva sucursal. Expresa, también, la escasez de oportunidades en una región inmensa, densamente poblada y atravesada por una larga historia industrial, donde las fábricas desaparecen progresivamente o dejan de abrir sus puertas a quienes buscan trabajo.Que 4.000 personas se presenten por 60 puestos no habla de falta de voluntad laboral, como les gusta repetir a los liberales. Habla, precisamente, de lo contrario: de una demanda desesperada de empleo formal en un territorio donde el trabajo estable se volvió un bien escaso.
El episodio también obliga a mirar a los empresarios que protagonizaron aquel desarrollo fabril. Buena parte de esa industria surgió, se expandió y se sostuvo a partir de innumerables ventajas: protección arancelaria, negocios con el Estado, exenciones impositivas, evasión fiscal, subsidios directos e indirectos de todo tipo. Muchos de esos capitales, enriquecidos al calor de la manufactura, se diversificaron, se concentraron o, como viene sucediendo en los últimos años, migraron hacia actividades más rentables, como la energía y el petróleo. La industria que alguna vez impulsó la formación y la expansión del conurbano siempre estuvo subordinada a esos intereses privados,y no al de los millones de personas que la hicieron funcionar.
El resultado es una paradoja brutal: una aglomeración enorme, construida en gran medida alrededor de la promesa industrial, pero cada vez más desprovista de empleos suficientes. Esa industria se está desarmando y deja un tendal de gente afuera. En ese vacío se multiplican las colas, las changas, los viajes largos, los salarios bajos, la violencia y la incertidumbre cotidiana.
Por eso la escena del frigorífico de Moreno no fue un episodio aislado ni una rareza viral. Fue una radiografía. En esas cuadras de espera se mezclaron el presente de la desocupación y el recuerdo de un conurbano que alguna vez creció porque había fábricas capaces de convocar trabajadores por miles. Hoy, cuando aparecen 60 puestos, se presentan 4.000 personas. La diferencia entre esas dos cifras cuenta una historia más larga que cualquier fila.
Aun con todas sus limitaciones, esa industria todavía puede recuperarse. Pero eso dependerá de la construcción de una alternativa política cuya prioridad no sea la ganancia privada de los empresarios, sino el interés de los trabajadores que la ponen en marcha todos los días.
*Por Martín Pezzarini (Becario doctoral de la Universidad de Buenos Aires, investigador del Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales -CEICS- y militante de Vía Socialista).
Te puede interesar también...
-
No sabe, no contesta
-
La previa más tensa: el Gobierno cruzó a la Selección antes de la final del Mundial
-
Se le viene la noche: un informe clave podría complicar la situación judicial de Adorni
-
Milei cuestionó la bandera de Malvinas: «Personas intrascendentes»
-
La peor señal para Milei: ya tiene menos apoyo que Macri en este punto del gobierno
