El equipo económico encara una nueva prueba en el mercado local mientras todavía resuenan las tensiones de la última semana. El próximo miércoles, el Tesoro debe atravesar una licitación de gran magnitud en pesos, en un escenario atravesado por tasas elevadas y expectativas inflacionarias que ya no ceden al ritmo que esperaba el Gobierno.
El 14 de enero vencen $19,3 billones vinculados a dos Lecaps. Una porción relevante de ese monto permanece en manos del propio sector público, lo que amortigua el impacto inmediato. Sin embargo, el resto queda bajo control del mercado, lo que obliga a convalidar condiciones más exigentes para lograr la renovación.
A ese frente se suma el arrastre de la letra dólar linked D16E6. El compromiso original rondaba los $6 billones, pero una operación de canje permitió desplazar $3,4 billones hacia fin de mes. La decisión alivió parcialmente la carga de mitad de enero, aunque no despejó las dudas sobre el perfil de vencimientos.
La operatoria quedó formalizada mediante una resolución conjunta de las secretarías de Finanzas y Hacienda. Allí se habilitó la ampliación de la LELINK D30E6, con vencimiento el 30 de enero, por hasta USD 4.000 millones, para absorber la letra que expiraba el 14. El marco legal se apoya en el Presupuesto 2026 y en decretos que habilitan la emisión de instrumentos dentro del mismo ejercicio, incluso aceptando títulos como forma de cancelación sin importar la moneda.
Mientras tanto, el humor del mercado muestra un giro claro. Crece el interés por los bonos ajustados por inflación, una reacción lógica ante la percepción de que el proceso desinflacionario avanza más lento de lo previsto. Desde IEB señalan que estos activos ganan atractivo en un contexto de «desinflación más lenta» y se vuelven funcionales a estrategias de carry trade. En ese sentido, los operadores sugieren priorizar bonos CER con vencimientos en octubre y diciembre de 2026, con rendimientos cercanos al 6%, y papeles que extienden plazos hacia 2027 y 2028, donde las tasas se ubican entre 7,5% y 8%.
Este reacomodamiento deja al descubierto una dinámica que el propio esquema oficial fue construyendo. Mes tras mes, el Tesoro acumuló compromisos cada vez más voluminosos, postergando definiciones y concentrando riesgos. El resultado es un calendario irregular, con sobresaltos al inicio del año, una aparente calma durante el invierno y un nuevo endurecimiento hacia la primavera.
El verdadero desafío aparece al final del recorrido. Octubre y noviembre vuelven a exigir esfuerzo financiero, pero diciembre se transforma en un obstáculo mayor. Allí se concentra una masa de deuda que no responde a factores externos ni a herencias inevitables, sino a una decisión de diseño: instrumentos en pesos, de corto plazo e indexados, que exigen llegar a fin de año sin tropiezos previos. En un contexto de inflación persistente, cualquier ruido antes de ese mes puede convertir el cierre de 2026 en una prueba de estrés decisiva para el programa económico.
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