Hay una frase que escuchamos cada vez con más frecuencia: Argentina vuelve a ser una tierra de oportunidades. El presidente Javier Milei la utilizó en distintos discursos para describir el país que pretende construir. El Gobierno plantea un cambio de paradigma basado en equilibrio fiscal, estabilidad, apertura económica y reformas estructurales. Y el propio presidente ha definido a su administración como “el mejor gobierno de la historia”.
Todo eso forma parte de una discusión necesaria. Pero hay otra Argentina que también merece ser escuchada. La Argentina de las fábricas. La de los operarios que entran a una planta todos los días. La de los empresarios que tienen que pagar salarios, energía, impuestos y proveedores antes de pensar en su propia rentabilidad.
En febrero, FATE cerró su planta de San Fernando después de más de 80 años de actividad y desvinculó a unos 920 trabajadores. La empresa vinculó la decisión con la crisis económica y productiva y con cambios en las condiciones de mercado. Ahora, en septiembre, Dánica confirmó el cierre definitivo de su planta de Llavallol. Una fábrica con casi nueve décadas de historia dejará de producir.
Y el sector textil tampoco encuentra piso. Según datos difundidos recientemente por la Federación de Industrias Textiles Argentinas, la actividad textil cayó 24,4% interanual durante el primer semestre de 2026. Desde diciembre de 2023, textiles y confección acumulan 750 establecimientos menos, un promedio cercano a 30 cierres por mes. El sector también perdió más de 26.000 empleos registrados desde diciembre de 2023. Y entonces aparece Granja Tres Arroyos. Una empresa emblemática de la industria avícola argentina, atravesada por una profunda crisis financiera y productiva. Se conocieron unos 1.200 telegramas de despido en sus plantas bonaerenses. Pero hubo una imagen que terminó de sintetizar la gravedad de la situación. En medio de las negociaciones por salarios adeudados, la empresa propuso a trabajadores de su planta de Pilar cobrar una parte de lo que se les debía con pollos, el principal producto de la compañía. No es una metáfora.
¿Cómo explicamos que mientras hablamos ante el mundo de una Argentina que vuelve a ser una tierra de oportunidades, en algunas de nuestras fábricas haya trabajadores discutiendo cómo cobrar salarios adeudados con cajones de pollo?
Soy industrial PyME. Vengo de una familia PyME y hace décadas trabajo en una empresa que produce en la Argentina.Sé lo que significa levantarse todos los días y sostener una fábrica.
Sé lo que significa pagar salarios aunque las ventas no acompañen. Sé lo que significa invertir cuando no sobra un peso. Sé lo que significa mirar una factura de energía, una nómina salarial o una orden de compra y preguntarse cómo hacer para que los números cierren.
Por eso no creo que tengamos que elegir entre estabilidad macroeconómica e industria. Necesitamos las dos. Un país industrial no se construye solamente con equilibrio fiscal. Se construye produciendo, vendiendo, invirtiendo y exportando.
Pero también teniendo un mercado interno capaz de comprar lo que producimos. Y, sobre todo, se construye haciendo que una fábrica tenga razones para abrir mañana, no solamente argumentos para cerrar hoy.
Por eso la pregunta no debería ser solamente cuánto bajó la inflación o cuánto se ordenaron las cuentas. También tenemos que preguntarnos: ¿Cuántas fábricas están produciendo más? ¿Cuántas PyMEs están invirtiendo? ¿Cuántas empresas están ampliando sus plantas en lugar de cerrarlas?
Una economía puede mostrar determinados indicadores macroeconómicos positivos y, al mismo tiempo, tener sectores productivos atravesando una situación crítica. Las dos cosas pueden coexistir. Y si realmente queremos discutir el futuro de la Argentina, tenemos que mirar ambas. Argentina puede y debe ser una tierra de oportunidades.
Pero las oportunidades no deberían existir solamente para quien viene a comprar activos, invertir en determinados sectores estratégicos o encontrar nuevas posibilidades financieras. También tienen que existir para quien hace 30, 40, 50 u 80 años que produce en la Argentina.
Desde el Gobierno se habla de atraer capitales y generar oportunidades. Perfecto. Pero también tenemos que preguntarnos qué condiciones estamos generando para que las empresas que ya están en la Argentina puedan sobrevivir, crecer y volver a invertir.
Si para que llegue una nueva inversión tenemos que perder una fábrica que lleva 80 años produciendo, como ocurrió con FATE, tenemos que detenernos a pensar. Si una planta histórica como Dánica baja definitivamente sus persianas, tenemos que preguntarnos qué pasó. Y si una empresa avícola llega al punto de ofrecer pollos como parte del pago de salarios adeudados, tenemos que mirar de frente esa realidad.
La historia de un país también se escribe en sus fábricas. Los industriales necesitamos condiciones para producir. Las PyMEs necesitan poder crecer.
Argentina necesita algo mucho más concreto que un eslogan: necesita fábricas abiertas.
*Por Diego Achilli (industrial pyme).-

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