Durante treinta años trabajé de lo mismo: ayudar a que alguien diga algo y otro lo entienda. Ese oficio —la comunicación política— tuvo reglas estables durante un siglo. Había un emisor, un mensaje, un medio y una audiencia. Se discutía el tono, se peleaba el título, se ensayaba el discurso frente al espejo. Todo eso sigue existiendo, como siguen existiendo los caballos después del automóvil. Pero el oficio, el de verdad, ya es otro. Y me parece que todavía no nos dimos cuenta de cuánto.
La audiencia ya no es (solo) humana
Empecemos por lo más raro de todo: hoy un dirigente ya no le habla únicamente a la gente. Le habla también a las máquinas, que le van a explicar a la gente lo que dijo.
Pensalo así. Cada vez más ciudadanos ya no se informan buscando en Google ni mirando un noticiero: le preguntan directamente a una inteligencia artificial. «¿Qué propone este candidato?«, «¿qué hizo este gobierno con la obra pública?», «¿quién tiene razón en esta discusión?». Y la respuesta que reciben no la escribió el equipo de comunicación de nadie: la redactó un modelo de lenguaje que leyó todo lo disponible y lo resumió con su propio criterio.
Eso cambia el oficio en su raíz. Durante décadas escribimos para seducir a un editor, después para conquistar a un algoritmo de redes que premiaba el enojo. Ahora hay que ser legible para un tercer lector: el modelo. Conviene detenerse en la palabra, porque va a ser central en los próximos años. «Modelo» es el nombre técnico de estas inteligencias artificiales —ChatGPT, Claude, Gemini son modelos de lenguaje—: una representación estadística del idioma, construida leyendo cantidades gigantescas de texto. Todo lo que un dirigente dijo, escribió o le atribuyeron públicamente ya fue leído por estas máquinas, que después lo resumen con su propio criterio cuando alguien pregunta. El modelo es, en la práctica, un traductor nuevo entre la política y la gente: uno que leyó absolutamente todo, no duerme, no almuerza con nadie y no acepta el off the record.
Las consecuencias son muy concretas. Un discurso confuso, contradictorio con declaraciones anteriores, o ausente de la conversación pública, produce un resumen confuso, contradictorio o ausente. La coherencia dejó de ser una virtud moral: se volvió un requisito técnico. Lo que no está claramente dicho, para la máquina no existe. Y lo que la máquina no encuentra, el ciudadano no recibe — o peor: lo recibe contado por tus adversarios, que sí lo dijeron claro.
El viejo periodismo era un intermediario con nombre, cara y línea editorial: se lo podía llamar, seducir, confrontar. El nuevo intermediario no atiende el teléfono.
El discurso ya no es un acontecimiento
Segunda mutación: se murió el discurso como unidad. Durante dos siglos, la pieza central de la comunicación política fue el discurso-acontecimiento: un lugar, una hora, un texto pensado como arquitectura completa, con su apertura, su desarrollo y su remate. La gente lo escuchaba entero o leía la crónica de alguien que lo había escuchado entero.
Hoy nadie escucha nada entero. El discurso se escribe sabiendo que va a ser inmediatamente despiezado —por herramientas automáticas, además— en cuarenta clips de treinta segundos, cada uno viviendo su vida propia, fuera de contexto, subtitulado por defecto porque se mira sin sonido. El que escribe ya no construye una catedral: fabrica ladrillos que tienen que sostenerse solos. Cada párrafo debe funcionar como pieza autónoma, porque va a circular como pieza autónoma.
Esto no es un detalle de formato: es un cambio en la naturaleza misma de la argumentación pública. Un razonamiento necesita tiempo, contexto, un «antes» que prepare el «después». El clip no tiene antes ni después. Resultado: la comunicación política se llenó de conclusiones sin razonamiento, de remates sin desarrollo. No porque los políticos se hayan vuelto más brutos, sino porque el formato dejó de transportar otra cosa.
La escucha se volvió infinita (y por eso escuchamos menos)
Tercera mutación, y esta es la que más me fascina como comunicador: cambió la escucha.
El focusgroup era un ritual casi teatral: ocho personas, un vidrio espejado, sándwiches de miga, un moderador preguntando qué les pasaba con tal palabra. Era lento, era caro, era imperfecto. Pero era escuchar personas.
Hoy la IA permite dos cosas que suenan a ciencia ficción y son rutina de consultora. La primera: medirlo todo, todo el tiempo — cada comentario, cada audio, cada conversación pública procesada en tiempo real para saber qué «siente» la sociedad minuto a minuto. La segunda es más extraña: las audiencias sintéticas. Ya se testean discursos ante públicos simulados — modelos entrenados para reaccionar como reaccionaría un jubilado del interior, una estudiante de Córdoba, un camionero bonaerense — antes de que ningún humano real los escuche. El mensaje se ensaya frente a una maqueta estadística de la sociedad.
Es eficiente, claro. Pero fijate la trampa: cuanto más perfecta es la medición, menos necesario parece el encuentro. ¿Para qué caminar un barrio si el tablero ya me dice qué siente el barrio? La comunicación política corre el riesgo de volverse un diálogo entre dashboards: yo le hablo a tu simulación, vos me respondés a través de la mía, y los seres humanos quedamos de espectadores de una conversación entre nuestros dobles de datos.
La intimidad sintética
Cuarta mutación: la aparición de algo que no existía y todavía no tiene buen nombre. Yo lo llamo intimidad sintética. Son los candidatos convertidos en chatbot, disponibles las veinticuatro horas para conversar «personalmente» con cada votante. Es la voz clonada del dirigente grabando un mensaje con tu nombre. Es el video donde te habla en tu idioma, aunque jamás lo haya hablado.
La promesa es hermosa: cercanía infinita, atención uno a uno, la política por fin a escala humana. El problema es que es exactamente lo contrario: es la escala industrial disfrazada de escala humana. Cuando un millón de personas tienen una «conversación personal» con el mismo candidato a la misma hora, nadie está conversando con nadie. La intimidad, si es masiva, es utilería.
Y acá aparece un riesgo nuevo para el oficio: la comunicación política siempre fue, en el fondo, una promesa de encuentro. El acto, la caravana, la mano estrechada eran anticipos de una relación. La intimidad sintética rompe esa economía: entrega la sensación del encuentro sin el encuentro. Es el cariño como servicio.
Lo que la máquina no puede hacer
Vengo del teatro, y el teatro me enseñó el concepto que más me sirve para pensar este momento: el convivio, esa idea de Jorge Dubatti de que hay algo irreproducible en el estar juntos, cuerpo presente, respirando el mismo aire. El cine no mató al teatro, la televisión no mató a la radio, y les cuento un secreto: la IA no va a matar al acto político. Va a matar todo lo demás — y por eso el acto va a valer más que nunca.
Porque cuando todos los mensajes puedan ser sintéticos, cuando cada video pueda ser falso, cuando cada conversación pueda ser con un doble, lo único que no se va a poder falsificar es la presencia. El cuerpo en la plaza. La voz en vivo, con sus fallas, su cansancio, su emoción no ensayada. El vivo — la radio lo sabe desde hace cien años — es el único formato donde el error es prueba de verdad.
Mi pronóstico es este: la comunicación política de la próxima década va a partirse en dos capas. Una capa infinita, automática, personalizada y sintética, donde competirán las máquinas de todos contra las máquinas de todos, con rendimientos decrecientes porque la gente ya descuenta que eso no lo escribió nadie. Y una capa escasa, presencial, imperfecta y humana, que va a concentrar todo el valor — precisamente porque no escala.
El oficio, entonces, no muere: se invierte. Durante un siglo, comunicar fue multiplicar el mensaje. Ahora que multiplicar es gratis, comunicar va a ser lo otro, lo que siempre fue antes de los medios: estar ahí. Decirlo con el cuerpo. Sostenerlo con la cara.
La máquina puede decir cualquier cosa. Justamente por eso, va a importar cada vez más quién está dispuesto a decirlo en persona.
*Max Delupi es dramaturgo, comunicador y asesor político en innovación digital.
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