Columna de opinión

Fragmentado: la degradación del trabajo en Argentina

Por Ianina Harari*

Las últimas décadas en Argentina fueron escenario de un deterioro acelerado del mundo del trabajo. La desocupación que asolaba la década del 90 dejó de ser, por ahora, el principal problema para dar paso al empleo precario, temporal, sin derechos laborales y, sobre todo, con salarios de pobreza. El panorama actual de la clase obrera argentina es el de una fragmentación profunda, que permite degradar las condiciones de trabajo y de vida de cada una de las partes y restar poder de lucha.

Postales de una transformación

Desde mediados del siglo pasado hasta fines de la década de 1970, la clase obrera argentina era bastante homogénea y podía identificarse con un trabajador fabril, contratado en blanco, por tiempo indeterminado. Este obrero tenía casa propia y auto, estaba afiliado a su sindicato, tenía una buena obra social y era peronista. Esa imagen comenzó a cambiar desde mediados de los 70, cuando se produce una fractura dentro de la clase. Por una serie de cambios a nivel productivo, la incorporación de nuevas tecnologías, y un proceso de centralización de capital, una parte de la población obrera se transforma en sobrante para el capital. Irrumpe el fenómeno del trabajo en negro, concentrado en las pymes, y hacia fines de los 90 la desocupación se dispara a niveles inéditos. Los desocupados se organizan en el movimiento piquetero, y dependen de un plan social para garantizar su subsistencia. Mientras tanto, como consecuencia de la presión que ejerce la desocupación y de la debilidad de la clase tras el revés sufrido por la Dictadura, los obreros ocupados sufrían un ataque a sus conquistas: flexibilidad laboral y caída salarial.

Para principios del nuevo milenio la situación se agravó dramáticamente y estalló en el 2001. Esto dio paso a una nueva correlación de fuerzas y la recuperación económica post devaluación dio aire a la economía. En ese contexto, sube el nivel de empleo, pero la incorporación al mercado de trabajo se da sobre la base de condiciones de trabajo más degradadas. Así, vemos el crecimiento del trabajo precario de la mano de los contratos a término, especialmente en el sector público, la tercerización laboral y la utilización del monotributo como forma de evadir el registro de trabajadores. La informalidad se consolida por encima del 30% del total de los asalariados. La flexibilidad laboral mantiene su vigencia, en especial en los convenios colectivos. Los salarios se recuperan respecto a la caída brutal que sufrieron en 2001-2002, pero tocan su techo hacia principios de la década de 2010, cuando alcanzan el máximo nivel de los 90. Tras ese pico, retoman su trayectoria descendente. Para fines de la presidencia de Cristina, en 2015, el promedio de los salarios reales es un 40% más bajo que el de 1975. Si en los 90 la pobreza se asociaba a la desocupación, para mediados de los 2010, ya encontrábamos obreros ocupados que eran pobres.

Los planes sociales se expanden, pero sus montos pierden poder adquisitivo y se convierten en un complemento salarial para trabajadores informales o para sostener cooperativas. La clase obrera es ya muy diferente a la que retratamos al comienzo. Está dividida e incluso enfrentada: los que trabajan y pagan impuesto a las ganancias contra los piqueteros. Lo que es seguro es que las condiciones de vida se degradaron para todos. La casa propia es ya un sueño que pocos se permiten soñar.

Una década de hundimiento

Como mencionamos, con el crecimiento económico post crisis 2001, los indicadores laborales mejoraron, aunque solo alcanzaron los mejores niveles de los 90. Es decir, la recuperación no permitió mejorar las condiciones respecto a la década menemista, más bien generalizó la precariedad. Una vez agotado ese ciclo, la economía volvió a mostrar sus límites con una nueva crisis y los indicadores laborales retomaron la trayectoria descendente. En ese escenario, bajo el gobierno de Macri se produce una nueva ofensiva legal, con reformas que vuelven a avanzar sobre conquistas obreras y la situación laboral continúa empeorando.

La fractura de la clase obrera se profundiza con la pandemia, que actuó como catalizador de los enfrentamientos al interior de la clase. Se hizo evidente que una fracción muy grande de ella se encontraba por fuera de toda regulación, desorganizada, desinstitucionalizada y sin vínculo con el Estado. Los trabajadores informales, los «cuentapropistas», changarines, temporales, etcétera, sufrieron con mayor crudeza las consecuencias económicas de la pandemia. Por su parte, los trabajadores registrados del sector privado vieron sus salarios reducidos nominalmente. Durante el gobierno de los Fernández, la situación de la clase obrera en su conjunto se deterioró aceleradamente. El trabajo precario continuó expandiéndose, sobre todo de mano de las aplicaciones, que transformaron a potenciales desocupados en trabajadores de las apps, aunque en apariencia sean independientes.

Así, en las últimas décadas se formó un rompecabezas laboral. El trabajador en blanco, con contrato por tiempo indeterminado y toda la cobertura legal, es hoy una minoría: poco más de un tercio del mercado laboral. Son los que pueden afiliarse a los sindicatos (y su disminución explica parte de la debacle del poder sindical), y aun así menos de la mitad lo hacen. El resto del mercado laboral lo ocupan casi un 40% de informales, alrededor de un 10% de contratados a término y otro tanto de monotributistas. Es decir, para la gran mayoría la reforma laboral ya existe de hecho. La jornada de ocho horas prácticamente no existe, porque la mayoría necesita más de un trabajo para subsistir o no tiene límite a su jornada porque no trabaja en una relación de dependencia formal.

Esa debacle generalizada fue el suelo fértil para que se expandan las ideas delirantes de Mieli. Su prédica antiestatal llega a amplios sectores que no reciben nada del Estado, o que obtienen servicios deteriorados, como la salud y la educación. Sus gritos contra la casta, resuenan en quienes ven que políticos y sindicalistas se enriquecen mientras ellos se empobrecen a pesar de trabajar en peores condiciones, más horas y en más de un trabajo. Sin embargo, transcurrido la mitad del mandato de Milei, queda claro que los libertarios no vinieron a solucionar ninguno de estos problemas. Al contrario, la reforma laboral, la caída salarial, la destrucción de empleo registrado en relación de dependencia, y el crecimiento del trabajo precario, sobre todo a través del monotributo, son indicadores de que la situación de la clase obrera está dando un nuevo paso en esta debacle histórica. Pero no todos pierden, los capitalistas logran con ello una mayor tasa de explotación, que es lo que finalmente le importa a cualquier gobierno que defiende este sistema social.

*Por Ianina Harari (investigadora del CEICS y militante de Vía Socialista).

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