23 de junio de 2024

El Patrón

“No tengo amigos ni enemigos,

sólo competidores”.

Aristóteles Onassis

El antiperonismo es anterior al peronismo, sólo que el 17 de octubre de 1945 encuentra su nombre definitivo. Lo he afirmado tantas veces (y no he sido el único) que siempre me parece increíble que haya quienes abordan el análisis de la realidad política argentina sin considerar esa premisa. Claro, como toda yuxtaposición, como cualquier realidad espejada, tienen cosas en común: ambos son un sentimiento, y ambos, también, son un movimiento. Es decir, así como no hay un único peronismo (aunque sí lo hay en algún sentido) tampoco hay un único antiperonismo.

Lo que se está eligiendo en estos días es, precisamente, la conducción de una porción de ese antiperonismo: de su facción más cerril; de su componente más violento. Se define quién capitanea a los que escribieron «Viva el Cáncer«; quién encolumna a los que bombardearon Plaza de Mayo; quién alimenta a los que quisieron matar a Perón y también a Cristina… y a Néstor no llegaron porque se les murió antes, pero habían jurado que lo iban a «tirar del tren».

Ensoberbecidos por esa tibieza que las buenas maneras (corrección política que le dicen, ¿vio?) le han impuesto a ese sector del neo peronismo modosito; estimulados por la falta de respuesta contundente a sus permanentes provocaciones, han decidido que llegó la hora de terminar definitivamente con la leche de la clemencia pero (es llamativo el daño que los pero le han hecho a la política) necesitan, como cualquier armada brancaleone -que es lo que son-, un líder, un cabecilla, un paladín… un patrón. Alguien que les indique qué hacer, y les pague para hacerlo. Un verdadero «patrón»… de conducta.

Macri lo sabe. La parte más interesante de su madurez política resulta de haber podido leer en medio de la polvareda que su única posibilidad de retorno era la de ponerse a la cabeza de los fanáticos, de los adalides de la intolerancia, de los cruzados del antiperonismo. Y por eso hace lo que hace.

Milei no puede conducir ni un monopatín eléctrico. Pato ha quedado desnuda… (políticamente hablando, claro). Horacio es una ternurita y Gerardo Morales -que por características personales, éticas y de concepción y ejercicio del liderazgo podría haber sido competencia-, eligió quedarse al frente de otro sector del antiperonismo: el institucional, el “democrático”.

En este río revuelto -en el que la única que no ha podido pescar es la Izquierda, demostrando que el trotskismo no sabe ni nunca sabrá cuál es la ganancia- Macri va a terminar redondeando esa idea que lo impulsa desde que el Círculo Rojo le vedó la posibilidad de volver a ser candidato: se va a quedar con ese porcentaje no menor del electorado (puede redondear el 25%, punto más, punto menos) que de verdad cree que la solución para la Argentina es exterminar al peronismo.

Ese grupo, que tiene en Los Copitos & Cía, su brazo armado, busca ahora una salida partidaria. Y Mauricio (que es Macri), está dispuesto a financiarlo… siempre y cuando lo dejen conducirlo.

Porque existe un espacio en la política nacional para esas ideas y para esos sentires. Porque tiene los medios y los medios (y periodistas ideológicamente dispuestos para la hostilidad). Porque en el mundo crece, como una ola de cuchillos, la sed de un sector que, harto del manoseo permanente de las progresías, busca revanchas de sometimiento. Y porque, al final, entre sus aprendizajes ancestrales, Macri ha asimilado que la venganza es un plato que se sirve frío.

Por eso el lunes 23 de octubre por la mañana advertí que Macri había ganado. Por eso le abrió la puerta de su casa a personajes menores a los que, en otro momento, hubiera fulminado con su mirada de desprecio. Por eso deja que lo reten y lo alaben en idénticas proporciones. Por eso no le interesa que Milei pierda, aunque algunos le achaquen la derrota.

Las huestes anti-populares (dejemos los populismos para Laclau) fibrilan de emoción por encolumnarse detrás de él, bajo el apotegma “El mejor enemigo es el enemigo muerto”. Y sabemos que Macri ama la muerte. Y es capaz.

Por Carlos Caramello.-

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