Por Pablo Papini.-
Javier Milei puede estar metiéndose un problema grave al tratar de chorro a todo el mundo, en un esquema económico que depende de la inversión externa como del agua. El presidente sorteó exitosamente el trilema que lo acosó en su primer bienio. Superó la imposibilidad de compatibilizar su dogma fiscal, su necesidad de acuerdos legislativos con los gobernadores del peronismo no kirchnerista y el pacto con Mauricio Macri, interpretado equivocadamente como ruta de acceso al triunfo en el balotaje de 2023. Avanzando lenta pero persistentemente sobre posiciones del jefe de lo que fuera el PRO, a quien dejó sin margen para diferenciarse de una hoja de ruta que se solapaba con su propia plataforma, consiguió lo que parecía imposible: descartar uno de los tres elementos, siendo que apenas podía seleccionar dos de ellos.
De los alfiles legislativos de los jefes provinciales depende para gobernar y Macri, presumiblemente, podía disputarle su base electoral. Constatar que lo segundo ya no era así fue clave para avanzar en entendimientos con los gobernadores a bajísimo costo, sin afectar la caja, piedra angular del programa macroeconómico –y comprometida por otras razones-.
En adelante, el mayor adversario del licenciado Milei es, como él mismo bien dijo, la realidad. Y en Argentina, ninguna barrera es más difícil de saltar que la de la escasez de dólares. Los mercados voluntarios de deuda no se reabren, ya se ha acudido a los recursos extraordinarios (FMI y asistencia directa de EEUU) y la inversión real no va a aparecer en un panorama productivo que asemeja a un cementerio, con cifras aterradoras brotando de a varias por día.
El presidente necesita divisas para subsistir, del consenso de personas que viven fronteras afuera de nuestro país para acceder a ellas y del de sus compatriotas para conservar competitividad en las urnas. Y en este punto su trayectoria puede empezar a parecerse peligrosamente a la de quien encarna un pasado que lo aterra: Macri. En efecto, su antecesor se hundía en la restricción externa como en arenas movedizas cada vez que acusaba al peronismo de defaulteador –cuando se trataba de un pagador serial de deudas-. Lógico: si el futuro era al menos posiblemente justicialista y él formulaba semejante pronóstico, los dueños de los billetes verdes anticipaban su huida y acentuaban el tembladeral.
Milei, al presentar al ecosistema local como una jungla en la que él es una aislada referencia decente, provee a inversores de la excusa que siempre están buscando para retacear fondos y/o tomar ganancias y huir, privándolo del combustible vital.Ahora bien: frente a la otra carencia que lo aqueja, la de buenas noticias para el bolsillo a nivel doméstico, recurre a herramientas de distinta índole para mantenerse de pie. Lo que, a su vez, y aquí la paradoja, es también fundamental para que aparezcan dólares donde no los está habiendo (de ahí que se vea a Luis Caputo casi rogar la puesta en circulación de los billetes bajo colchón).
Nunca alcanzará todo lo que juren y perjuren Milei y Luis «Toto» Caputo acerca de la extinción del llamado riesgo kuka. Nadie que apueste su fortuna compra un pretendido seguro de irreversibilidad política. En cambio, el presidente debería convencer acerca de la transversalidad de su ideario, tanto en el sistema de partidos como entre la sociedad. Lo segundo era discutible ya desde que se registrara un acompañamiento al presidente más allá de su contenido cuando era candidato y en lo primero no termina de ser consistente el propio gobierno, que va y viene entre caracterizar al kirchnerismo como un proceso que se apaga inevitablemente mientras emerge un resto de elenco civilizado, pero al que a veces también castiga asemejándolo a aquella peste a la que se busca encapsular. Un chino.
En esta instancia, conviene preguntarse si aquellos que prestaron su voto en el Congreso para que avance la reforma laboral acertaron en leer un clima mayoritario –aunque es discutible si a eso se reduce la política- o renunciaron a toda estrategia por una rosca de superestructura. Ordenarse detrás de un ajeno que ya ha demostrado ser capaz de pisarles el territorio a sus aliados parlamentarios puede no ser negocio. Y si llegara a irle mal, podría arrastrarlos consigo. Con todas sus dificultades, el kirchnerismo al menos parte desde una nitidez. No va a ser suficiente, desde luego, pero será al menos una punta desde la que empezar a enhebrar.
Por Pablo Papini.-
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