10 de febrero de 2026

¿Camino a Perú? Los peligros del «modelo» elogiado por los libertarios

Por Damián Bil*

En entregas pasadas, revisamos “modelos” que ideólogos libertarios (y de otras expresiones políticas) nos proponen para Argentina. Según ellos, estos países asumieron caminos que produjeron resultados. Por desconocimiento, o por malicia, omiten elementos de análisis que convierten esas trayectorias en irrealizables para nuestro país o que pueden tener consecuencias muy desfavorables.

En algún momento, nos prometieron ser Alemania. Luego, la vara empezó a bajar, a casos más modestos como el de Irlanda, un paraíso fiscal sin mucho beneficio para los trabajadores. Hace pocos meses Santiago Bausilli, presidente del Banco Central, señaló que deberíamos seguir los pasos de Perú, país con cierta organización y estabilidad financiera. Veamos en qué consiste su economía, y si es un buen espejo para Argentina.

Una macro en apariencia ordenada

Perú parece más estable que Argentina, al menos en lo que respecta a la institucionalidad económica. Por caso, el máximo directivo del Banco Central, Julio Velarde, cumplirá veinte años de mandato en el transcurso de 2026. Es decir, vio pasar numerosos presidentes de distinta procedencia, algunos de ellos removidos por escándalos de corrupción (Kuczynski) o por decisión del parlamento (Castillo). En sus 103 años, la autoridad monetaria tuvo 29 líderes. En contraparte, por el Banco Central argentino, que cumplió 90 años, pasaron 63 presidentes, más del doble. Si bien el país andino tiene eventos socio-políticos que son noticia de forma asidua, no destaca por aparecer en primera plana por inconvenientes económicos. Al comparar algunos datos superficiales, se descubren valores que parecen envidiables para la Argentina: en la cuestión “precios”, luego de la etapa de la “hiper” a fines de los ’80 que ambos transitaron con angustia, en la década de 2010 Perú tuvo una inflación anual promedio de 2,9%, mientras que la Argentina casi diez veces más. Asimismo, durante lo que va del siglo XXI, la evolución promedio anual de su PBI fue del 4,2%, contra un escaso 1,7% de nuestro país.

Pero lo relevante no es la supuesta estabilidad, sino las bases sobre las que se asienta. Revisando ese punto, podremos entender por qué representantes del “consenso liberal” miran a Perú como un ejemplo a imitar.

Un país a lo Belindia

Detrás de estas cifras, se esconde una estructura productiva relativamente sencilla. Una variable que nos acerca a las características de una economía es el “Índice de Complejidad Económica” (ICE), elaborado por investigadores de Harvard y del MIT, que clasifica a los países por su base productiva y tipo de exportación. Este indicador arroja que en los últimos veinte años la economía peruana se simplificó, pasando del puesto 82 al 96 en el ranking global. Esto se evidencia en la falta de diversificación de las exportaciones, prácticamente en su totalidad del sector primario, con relativamente poca elaboración. En 2023, las principales fueron mineral de cobre y cobre refinado (más de un tercio del valor total), oro, uvas (siendo el mayor exportador global) y otros minerales (molibdeno, hierro y zinc). El grueso proviene de productos con poca complejidad, como minerales y cenizas, además de frutas. Por su parte, las principales importaciones se concentran en bienes manufacturados de consumo, como vehículos o electrodomésticos, y combustibles. En este punto, aunque Argentina también depende fuertemente de sus exportaciones primarias, tiene una estructura industrial que ocupa casi un quinto del empleo formal, según fuentes oficiales, y que exporta bienes a la región. Como lo experimenta nuestra economía, la pérdida de complejidad productiva, que no se circunscribe a los últimos dos años, implica la generación de un tendal de desocupados con difícil reinserción laboral.

Esto nos devuelve a la situación de Perú, cuyo “modelo” (si es que el concepto tiene utilidad) se sustenta en un escenario social cuanto menos frágil. Si tomamos indicadores que esgrimen los libertarios como signo de progreso, como el PBI per cápita, el mismo se ubicó 21% por debajo del promedio regional en 2023-24, y casi 41% por debajo del argentino. En términos del mercado laboral, mientras se discute la reforma en nuestro país, Perú tiene uno de los niveles de informalidad más elevados de Latinoamérica, con 72% según la OIT. Casi la mitad del empleo entra en la categoría de “vulnerable”, más del doble que en Argentina; y más de la mitad de los trabajadores están bajo la figura de cuentapropismo. Ello se traduce en un bajo porcentaje de aportantes a la seguridad social. En relación al ingreso, en un panel de catorce países de la región elaborado por CEPAL, Perú figura como uno de los que registra la mayor caída del salario real desde 2018, solo por encima de Nicaragua y Argentina.

A nivel de condiciones de vivienda, para 2022 cerca de la mitad de la población no contaba con cobertura de agua potable. Casi el mismo porcentaje de peruanos moraba en barrios marginales o asentamientos informales (hábitats con una o más carencias básicas), tres veces más que en nuestro país. En términos sanitarios, se puede indicar que la incidencia de enfermedades estrechamente vinculadas con la pobreza o la desigualdad, como la tuberculosis, es 4,5 veces mayor a la que tiene nuestro país; mientras que la mortalidad infantil es 1,6 veces superior.

Se entiende, a la luz de este brevísimo compendio por la realidad social, la referencia libertaria a este “modelo”. Un país al estilo Belindia, exportador de bienes primarios, sector que concentra poco empleo con salarios relativamente adecuados, y el grueso de la población sobreviviendo en un mercado laboral flexibilizado, con escasa cobertura e ingresos a la baja. Un destino de penuria social. El problema argentino no se resuelve con una abstracta “estabilidad” monetaria o institucional y reventando a los trabajadores, sino con producción de riqueza genuina. Es necesario volver a pensar en el desarrollo, a partir de un estado socialista, que planifique la producción y la asignación de recursos.

*Por Damián Bil (investigador CEICS y miembro de Vía Socialista).

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