Suecia aparece en el discurso liberal como uno de los países a imitar. En particular, les interesa el modelo de vouchers y de administración institucional. Con matices, esas ideas aparecenen la nueva ley educativa que proyecta el gobiernode Javier Mileiquien, además, durante su campaña presidencial mostró simpatías por ese esquemapara reducir la presencia del Estado. Menos interés en la agenda local presentó otro aspecto de la política educativa sueca: la vinculada a su campaña de distribución de libros físicos en las escuelas. Suecia sí tiene algo para enseñarnos, pero no es el esquema de vouchers sino aquello que puede permitirnos un salto hacia adelante.
En efecto, el esquema de vouchers ya mostró en el país nórdico su fracaso. Según informes de la OCDE y de la UNESCO el modelo de vouchers, en Suecia, aumentó la segregación educativa entre 1998 y 2020, factor que también identificaron con la baja en el rendimiento escolar. La segregación, al agrupar estudiantes con las mismas características, impide el “efectopares”, es decir, que los mejores ayuden en sus aulas a los más rezagados. En materia de rendimiento y calidad, la caída y estancamiento se produjopese a la “inflación en las calificaciones” de cada escuela: alumnos con buenas notas en sus institutos rinden mal en las pruebas internacionales. Tampoco parece tan lineal la idea que vincula acceso a la información por escuela y decisiones por parte de las familias ya que se debe saber navegar en la información (le llaman el “vuelo de los nativos”) y, como era de esperar, el mercado no llegó a muchos municipios nórdicos, solo allí donde vio rentabilidad. Cuando se produjeron quiebras,como la de John Bauer Group, en el año 2013, principal prestador privado de educación, el Estado fue quien salió al rescate y absorbió las pérdidas. A su vez, el mercado, lejos de garantizar igualdad, también se encargó de filtrar a su matrícula segregando sus escuelas, armando listas de espera, entre otros. El caso chileno presenta la misma evidencia. Nuestro país no debería caminar en la dirección de una política que ya mostró sus problemas.
Sin embargo, sí vale la pena, aprender e imitar lo que Suecia haceen materia de alfabetización. Nos permite ver cómo pensar y planificar la educación puede habilitar al desarrollo del país sin que las escuelas se salgan de su eje educativo. Veamos.
Suecia analógica
Preocupados por el rendimiento en sus pruebas, el país que fue pionero en la digitalización de sus aulas empezó a revisar y desandar ese camino. Suecia es un país pequeño con poco más de un millón cuatrocientos mil estudiantes, esto es, poco menos de un tercio de los de la provincia de Buenos Aires o valores similares a sumar la matrícula de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires con la de Córdoba o Santa Fe. Al 2015, el 80% de los estudiantes de las escuelas municipales financiadas por el estado nórdico contaba con un dispositivo digital de uso individual. En 2019 el uso de computadoras era obligatorio en todas las escuelas. Pero ya hace unos años, con el slogan “de la pantalla a la carpeta” limitó el uso de computadoras para volcarse a herramientas tradicionales como el libro físico papel y la escritura a mano.No se trata de acciones ludditas. El país de los unicornios tecnológicos como Legora o Spotify entiende que los primeros años de educación deben garantizar la adquisición de habilidades básicas por parte de sus estudiantes y prepararlos en el uso de herramientas digitales recién en sus últimos años de escolaridad. Distintos estudios recientes compararon la lectura en papel versus la lectura en pantalla digital y mostraron que las áreas del cerebro puestas en juego en una y otra son distintas: la lectura en pantallas se hace en modo “scaneo” y, por eso, resulta más superficial que aquella llevada a cabo con libros físicos. En este cambio de paradigma, Suecia busca mejorar las oportunidades que las desigualdades de origen consagran construyendo habilidades cognitivas sólidas en sus estudiantes. El país nórdico no se dedicó solo a limitar: encaró un ambicioso programa de financiamiento de materiales para provocar ese cambio: destinó más de 223 millones de dólares para que las escuelas invirtieran en libros escolares desde 2023 a 2025 y planea invertir otra suma similar hasta 2028. No se trata de libros en general o destinados a las primeras infancias sino de un libro de texto por materia para cada estudiante para mejorar sus habilidades cognitivas.
Suecia tiene esta preocupación,aunque en las PISA 2022 se ubicó por encima de la media de los países de la OCDE. Sus estudiantes se ubicaron por encima de los 476 puntos en lectura -que es el promedio de los 38 países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico- obteniendo 487 puntos. Mientras que Argentina obtuvo 401 puntos, debajo de países de la región como Brasil, Chile, Colombia, Uruguay y Costa Rica, entre otros.
Lecciones
Entonces, qué podemos aprender nosotros de Suecia. En primer lugar, está claro que el problema a resolver en nuestro país es más profundo. Mientras Suecia se ubica en el puesto 22 en el ranking PISA, Argentina lo hace en el puesto 58 sobre 81 países. Suecia destina casi 74 millones de dólares por año en la distribución de libros para sus estudiantes. Argentina, en 2025, destinó aproximadamente 45 millones de dólares en la compra de libros para un sistema educativo más de siete veces mayor, es decir, menos para muchos más.A lo que se suman los rezagos en su distribución al inicio del ciclo escolar. No se trata de un dato menor si se lo cruza con el nivel socioeducativo de las familias: 3 de cada 10 chicas y chicos que asisten a escuelas estatales no tienen libros en sus hogares y otro 47% tienen menos de 20 libros. La lectura y distribución a gran escala puede generar un ambiente lector en las familias.Mucho más si se potencia con otras políticas educativas para hacer que esas más de tres millones de personas menores de 40 años -las madres y padres de esos chicos que hoy están en las escuelas- terminen el secundario.
Una distribución sistemática de libros para esos 10.362.903 estudiantes argentinos del nivel inicial al secundario crearía un mercado editorial enorme. Pensemos que casi cuatro millones se concentran en la provincia de Buenos Aires. Un libro por materia multiplica por diez ese número, algo que la Asociación de Fabricantes de Celulosa y Papel entendió rápidamente cuando decidió difundir en su portal “la vuelta al papel” por parte de Suecia. En un país como el nuestro que tiene que desarrollar su economía no debería despreciarse ese renglón en la planificación económica: pensar la escuela puede llevarnos a mejorar y planificar ramas enteras de la economía. Los libros físicos mejoran la comprensión lectora y las habilidades de las chicas y chicos. Hay una vía para intervenir allí. No se trata de tirar la digitalización por la borda; más bien todo lo contrario. Ya la pandemia mostró qué lejos estaba la Argentina de alcanzar una digitalización completa. Hay allí otro sector para desarrollar: la producción argentina de computadoras y softwares que cuenta con ese mercado potencial a nivel local.
Entonces, países como Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca junto a Francia e Italiano se encuentran preocupados por romper máquinas, sino que habiendo alcanzado una distribución casi universal empezaron a pensar y debatir sus efectos sobre el aprendizaje. Allí se ubica esta vuelta al papel o los métodos analógicos apoyados en estudios recientes sobre neurociencia, lectura y aprendizaje. Argentina adeuda ambas materias: no alcanzó una digitalización plena ni toma en serio la distribución de libros de textos.Suecia nos enseña qué hacer y no hacer. Argentina puede aprender del resto de los países, pero, para eso, necesita un Estado que planifique a escala global, algo que aparece lejos, muy lejos de la agenda gubernamental.
*Romina De Luca es docente e investigadora, coordinadora del área de educación del CEICS y militante de Vía Socialista.
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